Saltar al contenido
Historia 13 min read

Historia de la teoría del gran hombre: por qué preferimos los relatos simples a las verdades sistémicas

En 1840, Thomas Carlyle declaró que la historia no era más que la biografía de los grandes hombres. Los historiadores han rechazado esta tesis desde hace más de un siglo. ¿Por qué nuestro cerebro sigue creyendo en ella?

This article was automatically translated from English by AI. Read the original English version →
Portrait of Thomas Carlyle, originator of the great man theory of history
Reading mode

En 1840, el filósofo escocés Thomas Carlyle se presentó ante un auditorio londinense y pronunció un mensaje que resonaría durante casi dos siglos en el pensamiento histórico: «La Historia del mundo no es sino la Biografía de los grandes hombres.»[s] Esta declaración se convirtió en el fundamento de lo que hoy llamamos la teoría del gran hombre: la idea de que la historia avanza principalmente a través de las acciones de individuos excepcionales. La teoría ha sido desacreditada académicamente desde hace más de un siglo. Sin embargo, persiste en todas partes: en nuestras biografías, nuestros documentales, nuestro discurso político. ¿Por qué? Porque nuestro cerebro está configurado para preferirla.

La visión de la historia según Carlyle

Thomas Carlyle no se limitaba a describir la historia; prescribía cómo debemos comprenderla. Escribiendo en la Gran Bretaña industrial, décadas después de las guerras napoleónicas, Carlyle buscaba fuentes de fortaleza y orientación moral en una época en que las viejas certezas religiosas se desvanecían.[s] Las encontró en los héroes. En sus conferencias, publicadas más tarde como Sobre los héroes, el culto a los héroes y lo heroico en la historia, Carlyle identificó seis tipos de grandes hombres: el héroe como divinidad, profeta, poeta, sacerdote, hombre de letras y rey. Napoleón y Cromwell eran sus ejemplos del héroe-rey.[s]

La teoría del gran hombre postula que los líderes nacen, no se hacen.[s] Ciertos individuos alcanzan el poder gracias a rasgos innatos: inteligencia superior, coraje heroico, capacidades de liderazgo extraordinarias o inspiración divina. Las masas siguen; el héroe lidera. La historia, desde esta perspectiva, no es la suma de innumerables pequeñas decisiones de personas corrientes, sino el relato dramático de individuos excepcionales que doblan los acontecimientos a su voluntad.

Esta perspectiva dominó la historiografía del siglo XIX. La célebre undécima edición de la Encyclopædia Britannica (1911) ejemplificó este enfoque al compilar extensas biografías de grandes hombres sin ofrecer prácticamente ninguna historia social o económica.[s]

La réplica de los críticos

La teoría del gran hombre encontró una oposición poderosa. Herbert Spencer, el filósofo y sociólogo inglés, formuló lo que muchos consideran la crítica más devastadora. Spencer argumentaba que atribuir los eventos históricos a las decisiones de individuos era fundamentalmente anticientífico. Los grandes hombres, insistía, son productos de su entorno social: «Debéis admitir que la génesis de un gran hombre depende de la larga serie de influencias complejas que han producido la raza en la que aparece, y del estado social en el que esa raza ha crecido lentamente. Antes de que pueda transformar su sociedad, su sociedad debe transformarlo a él.»[s]

León Tolstói incorporó una crítica similar en su obra maestra de 1869, Guerra y paz. El Napoleón de Tolstói no es un genio de talla mundial, sino «un tipo cualquiera», incompetente y excesivamente seguro de sí mismo, empujado a su papel por el azar.[s] Los grandes hombres, sostenía Tolstói, son meras «etiquetas que sirven para dar nombre al evento». La voluntad individual de Napoleón no puede explicar por qué millones de hombres se masacraron en campos de batalla o murieron de frío en el invierno ruso.[s] Para Tolstói, la supuesta importancia de los grandes individuos es imaginaria; son solo «esclavos de la historia», que ejecutan el decreto de fuerzas mayores.[s]

El sociólogo estadounidense William Fielding Ogburn planteó un argumento distinto en 1926. Señaló los descubrimientos simultáneos: si Isaac Newton no hubiera vivido, el cálculo infinitesimal habría sido descubierto igualmente por Gottfried Leibniz. Si ninguno de los dos hubiera vivido, alguien más lo habría encontrado.[s] La teoría del gran hombre no podía explicar por qué tantos avances surgieron de forma independiente en los mismos momentos históricos.

Una defensa por parte de William James

La teoría del gran hombre no careció de defensores. El filósofo William James, en su conferencia de 1880 titulada «Grandes hombres, grandes pensamientos y el entorno», rechazó con firmeza la crítica de Spencer tachándola de «insolente», «vaga» y «dogmática».[s] James sostenía que las anomalías genéticas en el cerebro de los grandes hombres eran el factor decisivo, pues introducían influencias originales en su entorno. El genio ofrece ideas que no habrían surgido de ningún otro cerebro. La sociedad luego adopta o rechaza esas variaciones en una forma de selección evolutiva.[s]

James concluyó: «Ambos factores son esenciales para el cambio. La comunidad se estanca sin el impulso del individuo. El impulso se extingue sin la simpatía de la comunidad.»[s] Era una síntesis: los grandes hombres importan, pero también el contexto. Ninguno de los dos es suficiente por sí solo.

La revolución de los Annales

A comienzos del siglo XX, una nueva escuela de historiadores en Francia construía una alternativa. La escuela de los Annales, fundada por Lucien Febvre y Marc Bloch en 1929, promovió una ruptura radical con la historia del gran hombre. Bajo la dirección de Fernand Braudel, el enfoque de los Annales sustituyó el estudio de los dirigentes por la vida de la gente ordinaria, y reemplazó el examen de la política, la diplomacia y las guerras por investigaciones sobre el clima, la demografía, la agricultura, el comercio, la tecnología y las mentalidades sociales.[s]

Marc Bloch definió la historia simplemente como «el hombre en el tiempo», es decir, el producto de la acción, la creatividad, los conflictos y las interacciones humanas.[s] Bloch desconfiaba de categorías como épocas, civilizaciones y reinados. La historia era el agregado de innumerables decisiones, no la biografía de unas pocas figuras excepcionales.

Por qué triunfan los relatos simples

La teoría del gran hombre ha sido derrotada intelectualmente desde hace más de un siglo. ¿Por qué persiste entonces? La respuesta no está en la historia, sino en la psicología.

Nuestro cerebro está cableado para el relato. Los científicos cognitivos han identificado lo que Nassim Taleb llama la «falacia narrativa»: ese detonador mental retrospectivo que nos lleva a atribuir cadenas lineales de causa y efecto a nuestro conocimiento del pasado.[s] Estamos inundados de información sensorial. Nuestro cerebro debe poner orden. Los relatos hacen ese trabajo.

El sesgo narrativo es la tendencia innata del cerebro a interpretar la información como parte de una historia coherente, privilegiando la simplicidad y la resonancia emocional incluso cuando la realidad es más compleja.[s] No es un defecto; es una herramienta de supervivencia profundamente adaptativa. Los relatos nos ayudan a anticipar resultados, prepararnos para el futuro y fortalecer los vínculos sociales.[s]

El problema es que el cerebro tiene dificultades con el procesamiento paralelo: evaluar simultáneamente múltiples hipótesis en competencia es cognitivamente agotador. Por eso el cerebro recurre a un único relato coherente.[s] «Napoleón perdió en Waterloo» es más fácil de procesar que «una compleja interacción de fallos en la cadena de suministro, condiciones meteorológicas, diplomacia de coalición y decisiones tácticas de decenas de comandantes dio lugar a una derrota francesa».

El atractivo perdurable

La teoría del gran hombre perdura porque satisface necesidades cognitivas profundas. Los héroes son memorables. Los sistemas no lo son. Podemos imaginar a Napoleón a caballo; no podemos visualizar fuerzas económicas estructurales. Podemos contarles a los niños que Lincoln liberó a los esclavos; es más difícil explicar las décadas de organización abolicionista, los cálculos políticos de los estados fronterizos y las necesidades militares que moldearon la política de emancipación.

Esto no es solo un problema académico. Cuando atribuimos el cambio histórico a individuos, malentendemos cómo ocurre el cambio realmente. Esperamos héroes en lugar de construir movimientos. Culpamos a villanos en lugar de reformar sistemas. Imaginamos que el líder adecuado resolverá todo, y quedamos perpetuamente decepcionados.

La teoría del gran hombre era errónea en 1840, y sigue siéndolo hoy. Pero mientras el cerebro humano prefiera los relatos a los sistemas, los héroes a las estructuras y las causas simples a las complejas, la seductora visión de Carlyle seguirá susurrándonos al oído.

La teoría del gran hombre: orígenes y contexto

Thomas Carlyle pronunció sus seis conferencias sobre los héroes en mayo de 1840, publicadas posteriormente como Sobre los héroes, el culto a los héroes y lo heroico en la historia. Las conferencias deben comprenderse en su momento histórico: la Gran Bretaña posterior a las guerras napoleónicas, en medio de los trastornos sociales de la primera industrialización, cuando muchos intelectuales buscaban nuevas fuentes de autoridad moral para sustituir las certezas religiosas en declive.[s]

Carlyle identificó seis tipologías de héroes: el héroe como divinidad (Odín), profeta (Mahoma), poeta (Shakespeare, Dante), sacerdote (Lutero, Knox), hombre de letras (Johnson, Rousseau, Burns) y rey (Cromwell, Napoleón).[s] La teoría del gran hombre en la formulación de Carlyle era explícitamente providencialista: los grandes hombres eran «enviados al mundo» por voluntad divina. Eran «fuentes de luz viva», cuya irradiación iluminaba las tinieblas para la humanidad ordinaria.[s]

La teoría descansa sobre dos supuestos fundamentales: primero, que los grandes líderes poseen rasgos innatos que les permiten ascender por instinto; segundo, que la necesidad histórica convoca esos rasgos a la acción.[s] Esta formulación tenía implicaciones políticas claras: quienes ostentan el poder merecen su posición y no deben ser cuestionados.

La crítica sociológica de Spencer

La crítica de Herbert Spencer, articulada en The Study of Sociology (1873), atacó la teoría del gran hombre en bases metodológicas. Spencer sostenía que atribuir la causalidad histórica a individuos era fundamentalmente anticientífico.[s] Su contraargumento era estructural: «Debéis admitir que la génesis de un gran hombre depende de la larga serie de influencias complejas que han producido la raza en la que aparece, y del estado social en el que esa raza ha crecido lentamente. Antes de que pueda transformar su sociedad, su sociedad debe transformarlo a él.»[s]

La crítica de Spencer introdujo lo que se convertiría en una tensión central en la historiografía: estructura frente a agencia. Si las condiciones sociales producen a los grandes hombres, entonces esos hombres son efectos y no causas. La flecha de la causalidad apunta de la sociedad al individuo, no a la inversa.

William James y la réplica biológica

William James respondió a Spencer en su conferencia de 1880 en el Atlantic Monthly, titulada «Grandes hombres, grandes pensamientos y el entorno». James desestimó el argumento de Spencer como «insolente», «vago» y «dogmático».[s] Su contraargumento se apoyaba en conceptos darwinianos: los genios son análogos a las variaciones espontáneas en biología. Las condiciones sociales tienen tanto que ver con la producción de un genio como «el cráter del Vesubio con el parpadeo del gas a cuya luz escribo».[s]

James propuso un modelo recíproco: el genio introduce variaciones novedosas, la sociedad selecciona entre ellas. «Ambos factores son esenciales para el cambio. La comunidad se estanca sin el impulso del individuo. El impulso se extingue sin la simpatía de la comunidad.»[s] Esta síntesis reconocía tanto la agencia individual como el contexto social, aunque mantenía el énfasis en los individuos excepcionales como catalizadores necesarios.

La intervención literario-filosófica de Tolstói

Guerra y paz (1869) de León Tolstói contiene extensas digresiones filosóficas que critican la teoría del gran hombre. El retrato que hace Tolstói de Napoleón desinfla sistemáticamente la imagen heroica: Napoleón aparece incompetente, excesivamente confiado y arrastrado por fuerzas que superan su comprensión.[s] Los grandes hombres, sostenía Tolstói, son «meras etiquetas que sirven para dar nombre al evento».[s]

La posición de Tolstói era en última instancia determinista: los individuos son «esclavos de la historia», que ejecutan el decreto de la Providencia o la necesidad.[s] Esto planteaba sus propios problemas filosóficos, pues Tolstói luchaba por conciliar el determinismo con la responsabilidad moral. Pero su crítica demostró eficazmente que la teoría del gran hombre no podía dar cuenta de la escala y complejidad de eventos como las guerras napoleónicas.

La escuela de los Annales y la historia social

La alternativa más sistemática a la historia del gran hombre surgió de Francia. La escuela de los Annales, fundada por Lucien Febvre y Marc Bloch en 1929, rechazó la historia centrada en la biografía a favor de lo que Braudel llamaba la «longue durée»: el estudio de las estructuras a largo plazo, las mentalidades y las condiciones materiales.[s]

Marc Bloch definió la historia como «el hombre en el tiempo», enfatizando la acción colectiva, la creatividad y la interacción por encima del genio individual.[s] Bajo la dirección de Braudel, el enfoque de los Annales examinó el clima, la demografía, la agricultura, el comercio, la tecnología y las mentalidades sociales, ignorando en gran medida los temas tradicionales de la política, la diplomacia y los asuntos militares. La influencia internacional de este enfoque en la historiografía ha sido enorme.[s]

El argumento de William Fielding Ogburn de 1926 sobre los descubrimientos simultáneos reforzó la crítica estructural: si Newton no hubiera descubierto el cálculo, Leibniz lo habría hecho; si ninguno de los dos lo hubiera hecho, alguien más lo habría descubierto.[s] Los grandes hombres, desde esta perspectiva, son productos de culturas productivas y no motores independientes de la historia.

Fundamentos cognitivos de la preferencia narrativa

La ciencia cognitiva contemporánea ofrece una explicación para la persistencia de la teoría del gran hombre a pesar de su derrota intelectual. La «falacia narrativa», como la denominó Nassim Taleb, describe nuestra tendencia a atribuir cadenas lineales de causa y efecto a los eventos históricos.[s] Se trata de una adaptación biológica profunda: estamos inundados de información y debemos imponer orden para funcionar.

El sesgo narrativo es la tendencia del cerebro a interpretar la información como parte de una historia coherente, privilegiando la simplicidad y la resonancia emocional sobre la complejidad y la ambigüedad.[s] Esto evolucionó por buenas razones: los relatos ayudan a anticipar resultados y a fortalecer los vínculos sociales.[s]

El cerebro tiene dificultades con el procesamiento paralelo: evaluar simultáneamente múltiples hipótesis en competencia es cognitivamente agotador, por lo que el cerebro recurre a relatos únicos y coherentes.[s] La teoría del gran hombre satisface esta preferencia cognitiva al reducir la causalidad histórica compleja a las decisiones de individuos identificables.

Implicaciones para la comprensión histórica

El debate entre estructura y agencia permanece sin resolver en la filosofía de la historia. El enfoque centrado en los actores de Marc Bloch reconoce que las estructuras dependen de las creencias, actitudes y acciones de los actores individuales.[s] Considerar a la sociedad como un único superorganismo que moldea a los individuos, como implica el estructuralismo estricto, arriesga la falacia de la reificación: tratar abstracciones como sustancias.[s]

Una posición contemporánea defendible reconoce ambos niveles: los individuos actúan dentro de límites moldeados por estructuras sociales, y sus acciones, en conjunto, constituyen y transforman esas estructuras. Ni la teoría pura del gran hombre ni el estructuralismo puro captura adecuadamente esta relación recursiva.

La teoría del gran hombre sobrevive no porque los historiadores la acepten, sino porque la cognición humana gravita hacia ella. Todo ciudadano con formación histórica debe reconocer esa atracción y resistirla: para comprender cómo ocurre el cambio realmente, debemos mirar más allá de los héroes, hacia los sistemas, las estructuras y las acciones colectivas que hacen posible y efectiva la agencia individual.

How was this article?
Share this article

Spot an error? Let us know

Fuentes