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Rusia intentó unirse a la OTAN dos veces y fue rechazada en ambas ocasiones

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Intentos de Rusia de unirse a la OTAN dos veces, mostrando esfuerzos diplomáticos fallidos
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Mar 30, 2026
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El jefe pidió este tema, y es una historia que merece mucha más atención de la que recibe. Rusia intentó unirse a la OTAN. No una, sino dos veces. Las dos veces, la alianza occidental dijo que no. Entender lo que ocurrió después es indispensable para comprender la guerra en Ucrania.

El rechazo Rusia OTAN: el primer intento, 1954

El 31 de marzo de 1954, la Unión Soviética envió notas diplomáticas idénticas a Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, proponiendo que se permitiera a la URSS unirse a la OTAN. La propuesta partió del ministro de Relaciones Exteriores soviético Viacheslav Molotov, quien argumentaba que si la OTAN era verdaderamente una alianza defensiva, no había razón alguna para excluir a la Unión Soviética.

El razonamiento de Molotov era directo: si la URSS se unía, ya no se podría describir la OTAN como un bloque antisoviótico. La alianza se convertiría en un sistema de seguridad paneuropeo genuino, y no en un pacto militar dirigido contra un único país.

Las potencias occidentales rechazaron la propuesta en mayo de 1954, argumentando que la membresía soviética sería «incompatible con sus objetivos democráticos y defensivos». La preocupación práctica era que, dado que las decisiones de la OTAN exigían unanimidad, Moscú podría vetar cualquier acción, paralizando la alianza como la Unión Soviética había paralizado el Consejo de Seguridad de la ONU.

Poco más de un año después, Alemania Occidental ingresó en la OTAN. Nueve días más tarde, la Unión Soviética y sus aliados fundaron el Pacto de Varsovia. La arquitectura militar de la Guerra Fría quedó fijada de manera permanente.

El segundo intento: Putin y la OTAN, 2000-2001

La Guerra Fría terminó. La Unión Soviética se disolvió. Y en el año 2000, el nuevo presidente de Rusia, Vladimir Putin, hizo algo que hoy parece casi inconcebible: preguntó si Rusia podía unirse a la OTAN.

En una entrevista con la BBC en marzo de 2000, el presentador David Frost le preguntó a Putin si Rusia podría unirse a la alianza. «No veo por qué no», respondió Putin.

Ese mismo año, cuando el secretario general de la OTAN George Robertson viajó a Moscú para su primera reunión con el nuevo líder ruso, Putin le dijo directamente: «Quiero que Rusia forme parte de Europa occidental. Es nuestro destino.»

Putin fue más lejos. Cuando Bill Clinton visitó Moscú en 2000, Putin planteó explícitamente la cuestión de la membresía. «Durante la reunión dije: “Consideraríamos la opción de que Rusia se uniera a la OTAN”», recordó Putin posteriormente. «Clinton respondió: “No tengo ninguna objeción.” Pero toda la delegación estadounidense se puso muy nerviosa.»

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Putin volvió a insistir. En una reunión a solas con Robertson en Bruselas, le preguntó sin rodeos: «¿Cuándo van a invitar a Rusia a unirse a la OTAN?» Robertson le explicó que los países solicitan la membresía; no esperan una invitación. Putin respondió que Rusia «no iba a ponerse en fila con países que no importan».

No ocurrió nada. Nunca se inició ningún proceso formal. A Rusia se le ofreció un papel consultivo a través del Consejo OTAN-Rusia, creado en 2002, pero nunca la membresía.

Qué salió mal

Mientras Putin tendía la mano hacia Occidente, la OTAN se expandía hacia el este. Polonia, Hungría y la República Checa se habían unido en 1999. En 2004, se incorporaron siete países más, entre ellos los tres Estados bálticos, antiguas repúblicas soviéticas que comparten frontera con Rusia.

Todo esto ocurrió a pesar de las garantías dadas a los líderes soviéticos durante la reunificación alemana. Documentos desclasificados publicados por el Archivo de Seguridad Nacional muestran que en febrero de 1990, el secretario de Estado estadounidense James Baker le dijo a Mikhail Gorbachov que la jurisdicción de la OTAN no se movería «ni un centímetro hacia el este». Garantías similares llegaron de los líderes de Gran Bretaña, Francia y Alemania. Ninguna de estas promesas quedó plasmada en un tratado vinculante, y Occidente argumentó después que solo aplicaban al territorio de Alemania Oriental, no a otros países.

En 1997, la OTAN y Rusia firmaron el Acta Fundacional sobre Relaciones Mutuas, que declaraba que «la OTAN y Rusia no se consideran adversarios» y comprometía a ambas partes a construir «una Europa estable, pacífica e indivisa». El documento debía trazar un futuro de cooperación. Sin embargo, la OTAN continuó expandiéndose.

En 1998, el diplomático estadounidense George Kennan, arquitecto de la política de contenciónEstrategia de política exterior que busca limitar la expansión de un adversario manteniendo presión en sus fronteras mediante alianzas. durante la Guerra Fría, advirtió en una entrevista con The New York Times que la expansión de la OTAN era «el comienzo de una nueva Guerra Fría». La calificó de «error trágico» y declaró: «No había ninguna razón para esto en absoluto. Nadie amenazaba a nadie.»

El camino hacia la guerra

El punto de quiebre llegó en la cumbre de la OTAN en Bucarest en 2008. A pesar de la oposición de Francia y Alemania, la alianza declaró que Ucrania y Georgia «se convertirán en miembros de la OTAN». El entonces viceministro de Relaciones Exteriores de Rusia lo calificó de «un enorme error estratégico». Un periódico ruso informó de que Putin había «insinuado de forma muy transparente que si Ucrania era aceptada en la OTAN, dejaría de existir».

Cuatro meses después, Rusia invadió Georgia. En 2014, tras una revolución en Ucrania que derrocó al presidente proruso, Rusia anexó Crimea. En 2022, lanzó una invasión a gran escala.

¿Quién tiene la culpa?

No hay una respuesta sencilla. Rusia lleva la responsabilidad directa de invadir una nación soberana. Nada justifica bombardear ciudades y matar civiles. Pero la pregunta de cómo llegamos a este punto exige un balance honesto.

El politólogo John Mearsheimer ha argumentado desde 2014 que «Estados Unidos y sus aliados europeos comparten la mayor parte de la responsabilidad de la crisis», identificando la expansión de la OTAN como «la raíz del problema». Otros, como John Owen de la Universidad de Virginia, sostienen que el autoritarismo de Putin, y no la política occidental, es la causa de fondo: «El presidente vitalicio de Rusia es condenado simplemente por ser un tirano.»

El propio Robertson, quien fue testigo directo de la etapa prooccidental de Putin, concluyó en 2022 que el «miedo real y plenamente justificado de Putin es a la democracia», no a la OTAN en sí. Pero ese análisis no hace más que profundizar la tragedia: una Rusia integrada en la alianza democrática no habría tenido ninguna razón para temer la democracia en sus fronteras.

Lo que sí está claro es que Occidente tuvo la oportunidad de construir una relación diferente con Rusia y eligió no hacerlo. Ya fuera por inercia, desconfianza o la convicción de que el ganador de la Guerra Fría no necesitaba acomodar al perdedor, la puerta nunca se abrió de verdad. Las consecuencias se miden en vidas ucranianas.

El jefe señaló este tema, y toca el corazón de un debate que ha dividido al establishment de política exterior durante tres décadas. Los dos intentos de Rusia de unirse a la OTAN, en 1954 y de nuevo hacia el año 2000, no son meras curiosidades históricas. Son puntos de inflexión estructurales que revelan cómo el orden de seguridad europeo de la posguerra fría se construyó sobre la exclusión en lugar de la inclusión, y cómo esa elección creó las condiciones para la guerra en Ucrania.

El rechazo Rusia OTAN: la maniobra de 1954 y su lógica estratégica

El 31 de marzo de 1954, el ministro de Relaciones Exteriores soviético Viacheslav Molotov envió notas idénticas a Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos proponiendo que la URSS se uniera a la OTAN. Documentos soviéticos desclasificados muestran que Molotov no se hacía ilusiones sobre las posibilidades de éxito. En su memorando al Presidium, reconocía que la propuesta «muy probablemente» sería rechazada, pero argumentaba que ese rechazo «expondría» a las potencias occidentales «como organizadoras de un bloque militar contra otros estados».

Sin embargo, la propuesta no era puramente cínica. El memorando interno de Molotov revela un cálculo estratégico genuino: la membresía soviética en la OTAN habría puesto fin a los planes de la Comunidad Europea de Defensa, impedido el rearme de Alemania Occidental bajo el paraguas occidental y forzado una reducción de las bases militares estadounidenses en Europa. Escribió que si la propuesta «encontraba una actitud positiva», ello «significaría un gran éxito para la Unión Soviética, ya que el ingreso de la URSS en el Pacto del Atlántico Norte bajo ciertas condiciones cambiaría radicalmente el carácter del pacto».

Las potencias occidentales la rechazaron en mayo de 1954, aduciendo incompatibilidad con los «objetivos democráticos y defensivos» de la OTAN. La preocupación práctica, expresada por la delegación italiana, era que la toma de decisiones por unanimidad otorgaría a Moscú un veto sobre las acciones de la OTAN. Alemania Occidental ingresó en la OTAN en mayo de 1955; el Pacto de Varsovia se firmó nueve días después.

La ventana de Putin: 2000-2001

El segundo intento fue cualitativamente diferente. No provenía de una superpotencia hostil tanteando márgenes de maniobra estratégicos, sino de un nuevo presidente ruso que, según todos los testimonios contemporáneos, buscaba genuinamente integrarse en Occidente.

En febrero de 2000, el secretario general de la OTAN George Robertson viajó a Moscú para su primer encuentro con Putin. El relato de Robertson, publicado en Foreign Policy en 2022, es revelador: «Me dijo: “Quiero reanudar las relaciones con la OTAN. Paso a paso, pero quiero hacerlo.” Añadió que “algunas personas no están de acuerdo conmigo, pero eso es lo que quiero”. Y dijo: “Quiero que Rusia forme parte de Europa occidental. Es nuestro destino.”»

En una entrevista con la BBC en marzo de 2000, a Putin se le preguntó si Rusia podría unirse a la OTAN. «No veo por qué no», respondió.

Putin planteó el asunto directamente con Bill Clinton durante la visita de este a Moscú más tarde ese año. «Durante la reunión dije: “Consideraríamos la opción de que Rusia se uniera a la OTAN”», relató Putin posteriormente en entrevistas con Oliver Stone. «Clinton respondió: “No tengo ninguna objeción.” Pero toda la delegación estadounidense se puso muy nerviosa.»

Tras el 11 de septiembre, Putin fue el primer líder mundial en llamar a George W. Bush. Ofreció derechos de sobrevuelo, intercambio de inteligencia y apoyo logístico para la campaña afgana. En un encuentro a solas con Robertson en Bruselas poco después, le preguntó sin rodeos: «¿Cuándo van a invitar a Rusia a unirse a la OTAN?» Robertson le respondió que los países solicitan la membresía; no esperan invitaciones. La respuesta de Putin: «No vamos a ponernos en fila con países que no importan.»

El Consejo OTAN-Rusia, creado en 2002, le dio a Rusia un asiento en la mesa, pero no una vía hacia la membresía. Fue consulta sin integración.

La arquitectura rota: expansión, garantías y exclusión estructural

La decisión de expandir la OTAN hacia el este en lugar de integrar a Rusia en un marco de seguridad europeo más amplio no era inevitable. Fue una elección política, y una elección polémica.

Documentos desclasificados publicados por el Archivo de Seguridad Nacional de la Universidad George Washington revelan que la garantía de Baker a Gorbachov el 9 de febrero de 1990, de que la OTAN no avanzaría «ni un centímetro hacia el este», formaba parte de lo que el Archivo llama «una cascada de garantías» de líderes occidentales, entre ellos Bush, Kohl, Mitterrand, Thatcher, Major y el secretario general de la OTAN Manfred Woerner. Baker le dijo a Gorbachov tres veces en una sola reunión que «ni un centímetro de la jurisdicción militar actual de la OTAN se extenderá en dirección oriental». El canciller alemán occidental Helmut Kohl aseguró a Gorbachov al día siguiente: «Creemos que la OTAN no debería ampliar el ámbito de su actividad.» Todavía en marzo de 1991, el primer ministro británico John Major le dijo personalmente a Gorbachov: «No estamos hablando de fortalecer la OTAN.»

Ninguna de estas garantías quedó codificada en un tratado. El Acta Fundacional OTAN-Rusia de 1997 declaró que «la OTAN y Rusia no se consideran adversarios» y comprometió a ambas partes a construir «una Europa estable, pacífica e indivisa, completa y libre». Pero el documento tenía carácter político, no jurídicamente vinculante, y la OTAN admitió tres nuevos miembros en 1999 y siete más en 2004, incluidas tres antiguas repúblicas soviéticas.

George Kennan, el arquitecto de la contenciónEstrategia de política exterior que busca limitar la expansión de un adversario manteniendo presión en sus fronteras mediante alianzas., veía lo que se avecinaba. En una entrevista con Thomas Friedman en mayo de 1998, el diplomático de 94 años dijo: «Creo que es el comienzo de una nueva Guerra Fría. Creo que los rusos reaccionarán gradualmente de forma muy adversa y ello afectará su política. Creo que es un error trágico. No había ninguna razón para esto en absoluto. Nadie amenazaba a nadie.» Y añadió: «Estamos dándole la espalda a las mismas personas que protagonizaron la mayor revolución pacífica de la historia para acabar con ese régimen soviético.»

Bucarest 2008: el punto de no retorno

La exclusión estructural alcanzó su masa críticaLa cantidad mínima de material fisionable necesaria para sostener una reacción en cadena nuclear. Depende de la geometría, pureza y presencia de un reflector de neutrones. en la cumbre de la OTAN de abril de 2008 en Bucarest. La administración Bush presionó para que se aprobaran Planes de Acción para la Membresía de Ucrania y Georgia. Francia y Alemania se opusieron. El compromiso fue peor que cualquiera de las dos opciones: ningún proceso formal de adhesión, pero sí una declaración de que «estos países se convertirán en miembros de la OTAN». Era un compromiso sin calendario, una provocación sin plan.

La respuesta de Rusia fue inmediata. Su entonces viceministro de Relaciones Exteriores lo calificó de «un enorme error estratégico que tendría las consecuencias más graves para la seguridad paneuropea». Como documentó Mearsheimer, Putin advirtió que la membresía de Ucrania en la OTAN representaría «una amenaza directa» para Rusia, y un periódico ruso informó de que Putin había «insinuado de forma muy transparente que si Ucrania era aceptada en la OTAN, dejaría de existir». Cuatro meses después, Rusia invadió Georgia.

La división analítica

La cuestión de la culpabilidad divide al establishment de política exterior según líneas teóricas.

La escuela realista, liderada por John Mearsheimer en la Universidad de Chicago, argumenta que «Estados Unidos y sus aliados europeos comparten la mayor parte de la responsabilidad de la crisis», identificando la expansión de la OTAN como «la raíz del problema». En este análisis, las grandes potencias resisten invariablemente las alianzas militares que avanzan hacia sus fronteras. Estados Unidos no reaccionaría de forma diferente si China intentara incorporar a Canadá o México en un pacto militar. Las administraciones Clinton y Bush, prisioneras de lo que Mearsheimer llama «hegemonía liberalDoctrina de política exterior en la que una potencia dominante usa su influencia para expandir la democracia liberal y las instituciones internacionales a escala global.», expandieron la OTAN porque podían, no porque debían.

La réplica institucionalista liberal, articulada por académicos como John Owen de la Universidad de Virginia, sostiene que el autoritarismo de Putin es la causa de fondo. Owen argumenta que «el presidente vitalicio de Rusia es condenado simplemente por ser un tirano» y que es la democracia en sí, y no la OTAN, lo que amenaza el control de Putin sobre el poder. Desde esta perspectiva, los estados de Europa del Este que ingresaron en la OTAN lo hicieron por elección propia, y sus decisiones soberanas no deberían estar sujetas al veto ruso.

El propio Robertson, sin duda el líder occidental que mejor conoció el pensamiento inicial de Putin, ofreció una visión híbrida en 2022: «Su miedo real, y plenamente justificado, es a la democracia. Ha visto cómo la aspiración de los antiguos países comunistas a unirse a la Unión Europea ha cambiado esos países de forma permanente y fundamental. La UE es el verdadero fantasma.» Robertson recordó que durante sus años de compromiso, Putin «nunca se quejó de la expansión de la OTAN, ni una sola vez». Pero también reconoció la transformación radical: «¿Qué proceso de pensamiento irracional ha convertido a ese hombre en un monstruo?»

El fracaso estructural

La versión más sólida del argumento no es que Rusia estuviera libre de culpa ni que Putin estuviera destinado a ser un demócrata. Es que el orden de la posguerra fría se construyó sin dejar un lugar para Rusia, y que eso fue una elección, no una necesidad.

Una Rusia dentro de la OTAN, o dentro de una estructura de seguridad europea reformada que le otorgara una participación genuina en el sistema, habría enfrentado estructuras de incentivos completamente diferentes. Las legítimas preocupaciones de seguridad de las naciones de Europa del Este podrían haberse abordado en un marco que incluyera a Rusia, en lugar de cercarla. El Acta Fundacional de 1997 apuntaba hacia esa visión, pero nunca la concretó.

En cambio, Occidente construyó un orden que obligaba a Rusia a aceptar su exclusión permanente de la arquitectura de seguridad primaria de Europa, mientras esa arquitectura avanzaba constantemente hacia sus fronteras. Kennan predijo el resultado. El cable Burns de 2008 lo describía en tiempo real. Y Ucrania está pagando el precio.

Nada de esto absuelve a Rusia de la responsabilidad moral y jurídica por la invasión. Las naciones soberanas tienen derecho a elegir sus alianzas, y ningún agravio justifica el bombardeo de infraestructuras civiles. Pero la pregunta analítica, cómo llegamos hasta aquí, exige confrontar la posibilidad de que el mayor fracaso estratégico de Occidente no fuera una falta de disuasión, sino una falta de imaginación.

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