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Seis mil años pintándose la cara: una historia del maquillaje

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Herramientas de maquillaje antiguas y pinturas y polvos cosméticos a través de la historia
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Mar 29, 2026
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El jefe pidió este tema, y es un encargo verdaderamente fascinante: una historia no de guerras o imperios, sino del persistente e intercivilizacional impulso humano de moler minerales y untárselos en la cara.

El mercado mundial de cosméticos fue valorado en aproximadamente 425 mil millones de dólares en 2025, según Precedence Research. Esa cifra es asombrosa, pero el impulso que la sustenta es antiguo. Se han encontrado paletas cosméticas para moler pigmentos en tumbas egipcias que datan del Período Predinástico, hace unos 6.000 años. Los recipientes han cambiado. El deseo, no.

El mundo antiguo: el maquillaje como poder

Los cosméticos más antiguos conocidos provienen del antiguo Egipto, donde tanto hombres como mujeres de todas las clases sociales usaban maquillaje. El kohl delineador, elaborado con galena molida y malaquita, era tan central en la vida cotidiana que el Libro de los Muertos exigía que los difuntos estuvieran «pintados con pintura de ojos» antes de poder pronunciar ciertos hechizos en el más allá. Los cosméticos no eran vanidad en el sentido moderno. Eran espirituales, médicos y sociales a la vez: el kohl protegía contra las infecciones oculares, las cremas protegían la piel del sol del desierto, y la apariencia atestiguaba la dignidad de la persona ante los dioses.

La práctica no se limitaba a Egipto. Los sumerios en Mesopotamia usaban kohl desde el año 3500 a. C., aplicado a hombres, mujeres e incluso niños. Los griegos nos dieron la propia palabra «cosméticos», del término kosmetika, aunque su versión se refería principalmente a preparaciones que protegían el cabello, el rostro y los dientes, más que al embellecimiento. Los romanos bebieron ampliamente de ambas tradiciones y añadieron sus propias extravagancias: Popea, esposa del emperador Nerón, se bañaba a diario en leche de burra, manteniendo a tal efecto un rebaño de 500 burras.

La Iglesia medieval contra el rostro humano

Cuando el cristianismo se convirtió en la fuerza cultural dominante en Europa, el maquillaje cayó bajo profunda sospecha. Los clérigos medievales equiparaban pinturas y polvos con la prostitución, y los cosméticos fueron prohibidos fuera de los burdeles durante largas temporadas. Pero la Iglesia creó una contradicción que no podía resolver: se esperaba también que las mujeres fueran atractivas para sus maridos a fin de prevenir el adulterio. El compromiso fue el nacimiento del «look natural», conseguido por medios de todo menos naturales. Harina de trigo remojada durante 15 días y mezclada con agua de rosas se aplicaba sobre la piel para crear un cutis pálido. La ironía de pasar horas para parecer naturalmente bella resulta ser, a fin de cuentas, medieval.

Los años del veneno

El Renacimiento y la edad moderna temprana devolvieron los cosméticos a la moda con gran fuerza, pero con una consecuencia letal. La base de maquillaje más popular en Europa era el ceruse veneciano, una espesa pasta blanca elaborada con plomo blanco. Proporcionaba un cutis liso y luminoso. También causaba daños en los órganos, caída del cabello y la muerte.

Investigaciones modernas de la Universidad McMaster han revelado que muchas formulaciones de maquillaje con plomo eran en realidad más sutiles y naturales de lo que solemos imaginar. Pero ciertas recetas eran mucho más tóxicas que otras. La mezcla atribuida a la reina Isabel I, una sencilla combinación de plomo blanco y vinagre, permitía que el plomo atravesara la piel en cantidades peligrosamente elevadas.

La era victoriana no mejoró las cosas. Las columnas de belleza de Harper’s Bazaar recomendaban cubrir el rostro con opio durante la noche y lavarlo con amoniaco por la mañana. Se aplicaba mercurio en los ojos. Sears & Roebuck vendía las «Pastillas de Cutis de Arsénico del Dr. Rose», comercializadas como «perfectamente inofensivas», para mujeres que querían un cutis más pálido. Las pastillas estaban, por supuesto, llenas de arsénico.

Hollywood y la industria moderna

La transformación del maquillaje, de un ritual privado (y con frecuencia peligroso) a un producto de consumo regulado, se debió en gran medida a dos fuerzas: Hollywood y la tragedia.

Max Factor, un inmigrante polaco que había trabajado para la Casa Real del zar Nicolás, abrió un estudio de belleza en Los Ángeles en 1908. En 1914 introdujo el Supreme Greasepaint, un maquillaje flexible en doce tonos diseñado específicamente para actores de cine, en sustitución del espeso greasepaint de teatro que se agrietaba bajo los focos de los estudios. En la década de 1920 lanzó líneas de cosméticos para el gran público, acuñando el término «make-up» y transformando algo considerado cursi en algo deseable.

En el plano regulatorio, la Federal Food, Drug, and Cosmetic Act de 1938 puso por primera vez los cosméticos bajo supervisión federal en Estados Unidos. La ley fue impulsada por un envenenamiento masivo en el que un antibiótico no probado que contenía dietilenglicol mató a más de 100 personas.

Lo que ha cambiado y lo que no

Los ingredientes son más seguros. El marco regulatorio existe (aunque se tardaron 84 años en actualizar de forma significativa las disposiciones sobre cosméticos, con la Ley de Modernización de la Regulación de Cosméticos de 2022). La industria es enorme. Pero las dinámicas subyacentes son notablemente persistentes: los cosméticos siguen entrelazados con el estatus, el género, las alegaciones de salud y la tensión entre artificio y autenticidad. El «look natural» medieval tiene un descendiente directo en la tendencia contemporánea del «no-makeup makeup». La práctica del antiguo Egipto de aplicar kohl tanto para la belleza como para la protección ocular encuentra su eco moderno en las bases de maquillaje enriquecidas con SPF. El deseo de tener un determinado aspecto, y la disposición a soportar incomodidad o riesgo para conseguirlo, no ha cambiado en seis mil años.

Egipto: donde los cosméticos se encontraron con lo divino

El registro arqueológico de los cosméticos en el antiguo Egipto se extiende desde el Período Predinástico (c. 6000 a. C.) hasta el Egipto romano (30 a. C. a 646 d. C.), abarcando toda la duración de la civilización egipcia. Hombres y mujeres de todas las clases sociales usaban maquillaje, aunque los más acaudalados podían permitirse mejores productos. Los cosméticos eran fabricados por profesionales y vendidos en mercados, y las variantes más baratas probablemente se elaboraban en casa.

La rutina matinal de un egipcio del mundo antiguo consistía en lavarse, aplicarse una crema (un precursor del protector solar) y después maquillarse. El foco estaba en los ojos. Como ha señalado la egiptóloga Helen Strudwick, los ojos eran «delineados con pintura verde o negra para acentuar su tamaño y forma». Se usaba pasta de malaquita verde hasta mediados del Imperio Antiguo, reemplazada luego por kohl negro producido a partir del mineral galena. El kohl se elaboraba moliendo galena, malaquita y otros ingredientes hasta convertirlos en polvo, que se mezclaba con aceite o grasa para obtener una crema, conservada en recipientes de piedra o de fayenza guardados en estuches de madera, marfil o metal precioso. Algunos de los artefactos más elaborados hallados en las tumbas egipcias son precisamente estos estuches de kohl, auténticas obras de arte meticulosamente talladas.

Pero los cosméticos no eran meramente decorativos. El Libro de los Muertos estipulaba que el Hechizo 125 no podía pronunciarse a menos que se estuviera «limpio, vestido con ropa fresca, calzado con sandalias blancas, pintado con pintura de ojos, ungido con el mejor aceite de mirra». Los propios dioses eran representados con maquillaje de ojos, y los cosméticos eran bienes funerarios habituales. Las investigaciones sobre la pintura de ojos egipcia con base de plomo han revelado efectos reales sobre el sistema inmunitario del organismo, reduciendo el riesgo de infecciones oculares. Durante el Imperio Medio, hace unos 4.000 años, las mujeres acaudaladas practicaban rutinas que resultarían reconocibles en cualquier spa moderno: exfoliación de la piel, uso de mascarillas hidratantes e incluso depilación con cera de una mezcla de miel y azúcar.

Los útiles y las paletas cosméticas también tenían significado espiritual. Los recipientes estaban decorados con símbolos de rejuvenecimiento. Las paletas con forma de pez eran populares, probablemente porque el tilapia se asociaba con la fertilidad. El símbolo del ojo pintado era uno de los componentes del jeroglífico egipcio para la belleza.

Grecia y Roma: Kosmetika, moralidad y 500 burras

Los griegos nos dieron la palabra «cosméticos», derivada de kosmetika, aunque el término designaba originalmente preparaciones que protegían el cabello, el rostro y los dientes. La palabra para el maquillaje embellecedor era to kommotikon. Los perfumes griegos están documentados desde la Edad del Bronce Medio (siglos XIV al XIII a. C.) y aparecen en la Ilíada y la Odisea de Homero.

Las mujeres griegas usaban colorete de ocre rojo, delineador de ojos y pintura de cejas de polvo de kohl (con hollín, antimonio, azafrán o ceniza) y plomo blanco para conseguir una piel pálida. La piel pálida era señal de estatus: indicaba que una mujer vivía en interiores en lugar de trabajar al sol. Homero describe a Helena de Troya como «la Helena de blancos brazos», y Atenea realza la belleza de Penélope para que parezca «más blanca que el marfil aserrado». Pero el uso de cosméticos conllevaba ambigüedad moral. En el Económico de Jenofonte, Iscomaco critica a su esposa por aplicarse plomo blanco y jugo de orcaneta, calificándolo de engaño. Le aconseja que la verdadera belleza proviene del trabajo doméstico, una prescripción que reforzaba convenientemente los roles de género tradicionales.

Los cosméticos estaban, sin embargo, muy extendidos. Las hetairai (acompañantes remuneradas) llevaban kohl y colorete pronunciados como herramientas profesionales. Incluso los contextos religiosos se vieron afectados: una inscripción del culto de Deméter y Core en Patrás prohibía expresamente los cosméticos dentro del santuario, y las infractoras debían limpiar el templo como penitencia.

Los romanos heredaron las tradiciones cosméticas griegas y añadieron el exceso que les era característico. Popea, esposa del emperador Nerón, se bañaba a diario en leche de burra, práctica que requería un rebaño de 500 burras. Ovidio registró recetas de cremas faciales a base de huevos, cebada, bulbos de narciso, miel, veza molida, harina de trigo y cuerno de ciervo en polvo. El plomo blanco disuelto en vinagre se usaba para blanquear la piel, pese a que los romanos sabían perfectamente que el plomo era un veneno. Lo usaban como tal. La aplicación cosmética era un compromiso consciente, no ignorancia.

En el mundo romano, los cosméticos eran en gran medida cosa de mujeres. Los hombres que dedicaban demasiado tiempo a su apariencia eran ridiculizados. El emperador Otón era objeto de burlas por afeitarse a diario y aplicarse una mascarilla de pasta. Algunos escritores masculinos desdeñaban el maquillaje como territorio de las prostitutas, pero las mujeres de todas las clases continuaron con la práctica de todas formas.

La paradoja medieval: pecado, matrimonio y el primer «look natural»

El auge de la Iglesia medieval transformó los cosméticos de una práctica rutinaria en un campo de batalla moral. Los clérigos varones equiparaban pinturas y polvos con la prostitución. Como ha documentado la historiadora Catherine Hokin, los cosméticos fueron «prohibidos durante bastante tiempo fuera de los burdeles». La lógica era sencilla: si una mujer sin adornos era ya una tentación, una mujer embellecida representaba un peligro inaceptable para la virtud masculina.

Pero la Iglesia necesitaba que el matrimonio funcionara. Si las esposas eran demasiado sencillas, los maridos podrían desviarse, socavando el orden social. Así que los clérigos comenzaron a hacer excepciones, y las mujeres a torcer las normas. El resultado fue el nacimiento del «look natural», un concepto que jamás ha desaparecido. A diferencia de los cosméticos visibles de Egipto y Roma, los rostros medievales aspiraban a la sutileza. La preparación de la piel podía empezar con zumo de fresa para eliminar el enrojecimiento o un cristal de amatista húmedo frotado contra las imperfecciones. El cutis pálido, tan fundamental, se lograba con harina de trigo remojada en agua durante 15 días, colada, cristalizada, mezclada hasta formar una pasta con agua de rosas y aplicada con un paño.

Los labios y las mejillas se teñían con «polvo rojo para damas» elaborado con flores de cártamo secas, hojas de angélica o virutas de palo del Brasil remojadas en agua de rosas. Un poema del siglo XII se quejaba de que las estatuas de las iglesias quedaban sin decorar porque las mujeres habían usado toda la pintura.

Los hombres tampoco estaban exentos de vanidad. Según Medievalists.net, «casi todos los cosméticos documentados para hombres giran en torno a la pérdida de cabello y la cobertura de las canas para parecer jóvenes». El caso de Amadeo VII de Saboya sirve de ejemplo aleccionador: en 1391 usó un ungüento para su cabello raleando y murió poco después, a los 31 años. Su médico fue acusado de envenenarlo.

Los escritores médicos contribuyeron a la confusión. El gran médico persa Avicena (980 a 1037 d. C.) no veía razón para separar los cosméticos de la medicina y los mezcló libremente en su Canon de medicina. Galeno (129 a 216 d. C.) había trazado una línea firme entre los tratamientos médicos (decoratio) y el mero embellecimiento (ars comptoria), pero la mayoría de los practicantes medievales siguieron el criterio de Avicena hasta el siglo XIV.

Del Renacimiento a la era victoriana: una belleza que valía la muerte

A medida que la aristocracia europea se enriquecía y se preocupaba más por el estatus, los cosméticos volvieron con fuerza. La base de maquillaje preferida del Renacimiento era el ceruse veneciano, fabricado colocando láminas de plomo en vasijas de barro parcialmente llenas de vinagre, sellándolas durante semanas y dejando que el acetato de plomo se transformara en carbonato de plomo. El resultado era una pasta blanca y suave que se adhería maravillosamente a la piel. El uso prolongado causaba daños en los órganos, deterioro intelectual, deterioro óseo, insuficiencia renal y la muerte.

La reina Isabel I es la usuaria más famosa, y la formulación que se le atribuye, una simple mezcla de plomo blanco y vinagre, ha sido demostrada por investigadores modernos de la Universidad McMaster como particularmente peligrosa. Sus estudios de espectrometría revelaron que esta receta específica permitía que el plomo atravesara la piel «en cantidades mucho mayores que otras recetas». Se sospecha que la pérdida generalizada de cabello entre las mujeres de alcurnia durante el siglo XVI, que dio origen al ideal de belleza isabelino de la frente alta, era en sí misma consecuencia del envenenamiento por plomo.

Pero la investigación de McMaster también reveló algo sorprendente: la mayoría del maquillaje de plomo blanco era mucho más sutil que la máscara blanca brillante que vemos en películas y producciones teatrales. Sobre la piel pálida, el cambio de color era a menudo mínimo. El maquillaje aumentaba la reflectancia de la luz difusa, creando un efecto de suavizado que difuminaba las imperfecciones, en esencia una versión primitiva de lo que prometen las bases de maquillaje modernas. Se dice que Maria Gunning, condesa de Coventry, se negó a dejar de usar su base de plomo incluso mientras agonizaba por sus efectos.

La era victoriana añadió nuevos horrores. La señora S.D. Powers, autora de la enormemente popular columna «Ugly Girl Papers» en Harper’s Bazaar, aconsejaba a sus lectoras cubrir el rostro con opio durante la noche y lavarlo con amoniaco por la mañana. El mercurio se recomendaba como tratamiento nocturno de ojos para las pestañas escasas. Sears & Roebuck vendía las Pastillas de Cutis de Arsénico del Dr. Rose, anunciadas como «perfectamente inofensivas», para mujeres que buscaban un cutis más pálido. La actriz Lola Montez advertía que las mujeres de Bohemia que se bañaban en manantiales arsenicales conseguían «una blancura transparente» pero se veían «obligadas a mantenerla el resto de sus días, o la muerte vendría rápidamente». El arsénico creaba adicción, y las mujeres sabían que era tóxico. Lo usaban de todas formas.

La mujer «pintada» de la Inglaterra victoriana vivía bajo restricciones estrictas: una vez aplicado el esmalte (una espesa pintura blanca), no podía sonreír, porque la pintura se agrietaría. No podía volver jamás a un look «natural», porque todos verían los daños en la piel que había debajo. Virginie Gautreau, inmortalizada en el Madame X de Sargent, pintaba venas índigo sobre su esmalte para simular la apariencia de piel translúcida. Estas mujeres, como ha observado el perfumista y conferenciante Alexis Karl, «eran literalmente obras de arte vivientes».

Max Factor, Hollywood y el nacimiento del maquillaje moderno

La industria cosmética moderna debe gran parte de su existencia a Maksymillian Faktorowicz, un fabricante de pelucas nacido en Polonia que escapó de las leyes antisemitas de Rusia y llegó a Los Ángeles en 1908. Trabajando con la naciente industria cinematográfica, reconoció que el greasepaint de teatro era inadecuado para el cine: espeso, incómodo y propenso a agrietarse bajo las luces intensas.

En 1914 introdujo el Supreme Greasepaint, una fórmula flexible en doce tonos, fabricada específicamente para actores de cine. En 1918 lanzó Color Harmony, el primer maquillaje de mercado masivo diseñado para una variedad de tonos de piel, «notablemente inclusivo para su época, ya que fue el primer maquillaje de masas adecuado para mujeres de diferentes etnias», según el ASU FIDM Museum. Acuñó el término «make-up» y lanzó la primera línea comercial para mujeres comunes en la década de 1920, denominándola «Society MakeUp» para evocar elegancia.

Antes de Factor, llevar maquillaje en la calle se consideraba vulgar. Después de él, era aspiracional. Las mujeres veían actrices en las revistas Motion Picture y Photoplay, veían los formularios de pedido de productos Max Factor y se daban cuenta de que podían tener «Max Factor entregado desde Hollywood directamente en la puerta de mi casa en Kansas». Factor, como ha señalado la autora Erika Thomas, «transformó por sí solo la reputación de los cosméticos, pasando de algo visto como cursi y vulgar a un producto lujoso y elegante».

Regulación: mejor tarde que nunca

Durante la mayor parte de la historia humana, se podía poner cualquier cosa en un cosmético y venderlo. Eso cambió, al menos en Estados Unidos, el 25 de junio de 1938, cuando el presidente Franklin D. Roosevelt firmó la Federal Food, Drug, and Cosmetic Act (FDCA). La ley no versaba principalmente sobre cosméticos. Fue impulsada por un envenenamiento masivo: una empresa de Tennessee había comercializado el Elixir Sulfanilamida, un antibiótico no probado que utilizaba dietilenglicol (un análogo químico del anticongelante) como disolvente, matando a más de 100 personas en 15 estados. La indignación pública resultante impulsó el proyecto de ley en el Congreso, y los cosméticos quedaron por primera vez bajo supervisión federal.

Las disposiciones sobre cosméticos de la Ley de 1938 permanecieron esencialmente sin cambios durante 84 años. No fue hasta 2022 que la Ley de Modernización de la Regulación de Cosméticos (MoCRA) actualizó de forma significativa el marco, exigiendo a los fabricantes registrar instalaciones, listar ingredientes y notificar efectos adversos graves.

Continuidades a lo largo de seis milenios

Los materiales han cambiado. El plomo ha sido reemplazado por dióxido de titanio. Las pastillas de arsénico ya no se venden en Sears. El aparato regulatorio, aunque imperfecto, existe. Pero las dinámicas subyacentes son notablemente estables.

Los cosméticos siguen entrelazados con el estatus. La piel pálida significaba riqueza y vida interior en la Grecia clásica, la Europa del Renacimiento y la Inglaterra victoriana. El «look natural» medieval, nacido de la restricción religiosa, es el antepasado directo de la tendencia contemporánea del «no-makeup makeup». La práctica del antiguo Egipto de aplicar kohl tanto para la belleza como para la protección médica encuentra su eco moderno en las bases enriquecidas con SPF y los correctores enriquecidos con vitaminas.

Los debates morales tampoco han desaparecido. El Iscomaco de Jenofonte, que criticaba el maquillaje de su esposa como engaño en el siglo IV a. C., encontraría mucha compañía en cualquier sección de comentarios contemporánea. La tensión entre autenticidad y artificio, entre verse bien y admitir que se intentó, es tan antigua como la propia paleta cosmética.

Quizás la continuidad más reveladora es la disposición a aceptar el riesgo. Las mujeres de la Roma antigua sabían que el plomo blanco era un veneno; lo usaban tanto como cosmético como como arma homicida. Las mujeres victorianas sabían que el arsénico era tóxico y adictivo. Los consumidores modernos aceptan a veces ingredientes cuyos efectos a largo plazo son inciertos. El cálculo siempre ha sido el mismo: el beneficio percibido de tener un determinado aspecto, sopesado frente a costos que parecen abstractos hasta que dejan de serlo.

Seis mil años de evidencia sugieren que esto no es un problema que deba resolverse. Es una característica de ser humano.

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