Crimen Real 19 min de lectura

La CPI juzga una guerra contra las drogas: cómo los escuadrones de la muerte de Rodrigo Duterte se convirtieron en un caso penal internacional

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Procedimientos del juicio CPI Duterte en La Haya por cargos de crímenes de guerra
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Mar 30, 2026
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La noche del 11 de marzo de 2025, un avión con el expresidente filipino Rodrigo Duterte a bordo despegó del Aeropuerto Internacional Ninoy Aquino de Manila con destino a La Haya. Horas antes, las autoridades filipinas, actuando sobre la base de una orden de arresto transmitida a través de Interpol, habían detenido al hombre de 79 años en la Base Aérea de Villamor. El hombre que en su día declaró «Los derechos humanos no me importan» estaba ahora bajo la custodia de la Corte Penal Internacional.

Era un momento que muchos creyeron que nunca llegaría. Durante casi una década, las familias de los muertos habían esperado. Las organizaciones de derechos humanos habían documentado. Los fiscales habían investigado. Y el propio Duterte había retirado a Filipinas del tratado fundacional de la CPI, el Estatuto de Roma, con la intención de ponerse fuera del alcance del tribunal. Nada de eso funcionó.

Los cargos

El caso de la CPI contra Duterte se sustenta en tres cargos por crímenes de lesa humanidadCrímenes graves como asesinato, tortura o persecución cometidos como parte de un ataque generalizado o sistemático contra la población civil.. El primero abarca los asesinatos cometidos por el llamado Escuadrón de la Muerte de Davao durante sus años como alcalde. El segundo apunta a la eliminación de «objetivos de alto valor» durante su presidencia. El tercero se refiere a los asesinatos y tentativas de asesinato en operaciones de erradicación de drogas a nivel de barangay ordenadas desde el palacio presidencial.

En el núcleo del argumento de la fiscalía se encuentra una teoría de coautoría mediata: que Duterte, conjuntamente con otras personas y a través de ellas, acordó matar a personas identificadas como presuntos criminales, incluidos traficantes de drogas, primero en Davao y luego en todo el país.

Los cargos abarcan el período comprendido entre el 1 de noviembre de 2011, cuando Filipinas se adhirió al Estatuto de Roma, y el 16 de marzo de 2019, último día antes de que entrara en vigor la retirada del país. Aunque Filipinas ya no es miembro de la CPI, el tribunal conserva su jurisdicción sobre los delitos cometidos durante el período de membresía.

De Davao a La Haya

El Escuadrón de la Muerte de Davao surgió en los años noventa, cuando Duterte era alcalde de Davao City. Prometió abiertamente convertir la ciudad en «el lugar más peligroso para los criminales», declarando que los narcotraficantes, secuestradores y violadores eran «blancos legítimos para el asesinato». Entre 1998 y 2015, un grupo de vigilancia local, la Coalition Against Summary Executions, documentó 1.424 víctimas de ejecuciones sumarias solo en Davao City.

Los asesinatos no pasaron desapercibidos en el ámbito internacional. En 2007, el Relator Especial de la ONU Philip Alston confirmó que un escuadrón de la muerte operaba en Davao, cuyos miembros «mataban rutinariamente a niños de la calle y a otras personas a plena luz del día». Recomendó privar a Duterte del control de la policía local. La recomendación fue ignorada.

En 2016, Duterte ganó la presidencia filipina con la promesa de extender su enfoque de Davao a todo el país. El 1 de julio, su primer día completo en el cargo, la policía llevó a cabo operaciones antidroga en todo el país, matando al menos a 12 personas. Ofreció a los policías su «garantía oficial y personal» de inmunidad por las muertes causadas en el ejercicio de sus funciones.

Las estadísticas policiales oficiales cifran el número de muertos de la guerra contra las drogas en más de 6.000. Los grupos de derechos humanos sostienen que la cifra supera los 30.000, una discrepancia explicada por los asesinatos cometidos por vigilantes no identificados y las muertes ocurridas fuera de las operaciones oficiales.

El largo camino de la CPI

El examen preliminar de la CPI sobre Filipinas comenzó en 2018. Duterte respondió retirando a Filipinas del Estatuto de Roma, con efecto en marzo de 2019. Pero la jurisdicción del tribunal sobre los crímenes cometidos durante el período de membresía sobrevivió a la retirada.

En septiembre de 2021, la Sala de Cuestiones Preliminares I autorizó la apertura de una investigación formal. El gobierno filipino, primero bajo Duterte y luego bajo su sucesor Ferdinand Marcos Jr., impugnó la jurisdicción del tribunal y rechazó la cooperación.

Lo que cambió fue la política. Tras una ruptura política entre los campos Marcos y Duterte en 2024, la administración Marcos señaló que cooperaría con Interpol si se emitía una orden de arresto. En octubre de 2024, el propio Duterte compareció ante el Senado filipino y confesó bajo juramento haber mantenido un escuadrón de la muerte compuesto por siete «malhechores» durante su etapa como alcalde. «Puedo hacer la confesión ahora si quieren», dijo.

El 10 de febrero de 2025, el Fiscal de la CPI solicitó una orden de arresto. La sala concluyó que existían motivos razonables para creer que Duterte era individualmente responsable como coautor mediato de crímenes de lesa humanidad. La orden fue emitida bajo secreto el 7 de marzo y hecha pública el 11 de marzo, el mismo día en que Duterte fue detenido.

La audiencia de confirmación de cargosAudiencia preliminar de la CPI para determinar si existen pruebas suficientes para enviar un caso a juicio.

Del 23 al 27 de febrero de 2026, la Sala de Cuestiones Preliminares I celebró audiencias de confirmación de cargos en La Haya. El propósito no era determinar la culpabilidad, sino evaluar si las pruebas de la fiscalía alcanzan el umbral de los «motivos fundados para creer» que los crímenes fueron cometidos.

Duterte, declarado apto para ser juzgado en enero de 2026 tras alegar su defensa que era demasiado frágilDiseñado para romperse, desmoronarse o ceder fácilmente al impacto; principio de diseño estructural que permite que los objetos cerca de las pistas fallen de forma segura en lugar de causar daño adicional a las aeronaves., renunció a su derecho a asistir a la audiencia. La fiscalía presentó su caso. Los representantes legales de 539 víctimas también se dirigieron al tribunal.

Los jueces tienen ahora 60 días para emitir una decisión escrita. Pueden confirmar los cargos y enviar el caso a juicio, negarse a confirmarlos y detener el procedimiento, o solicitar pruebas adicionales.

El rostro de la justicia

La impunidad casi total que rodeó la guerra contra las drogas es central para entender por qué existe el caso ante la CPI. De los miles de asesinatos, solo cuatro casos resultaron en condenas ante los tribunales filipinos, todas contra policías de bajo rango. Ningún alto funcionario fue jamás responsabilizado a nivel nacional.

La guerra contra las drogas no ha terminado. Bajo el presidente Marcos, más de 1.000 personas habrían muerto en el marco de la campaña antidroga desde que asumió el cargo en julio de 2022. Marcos nunca ha repudiado la guerra contra las drogas como política de Estado ni ha revocado las órdenes permanentes de Duterte.

Para las familias de los muertos, los procedimientos ante la CPI tienen un peso que los tribunales nacionales nunca tuvieron. «Mis ojos se llenaron de lágrimas», dijo Llore Pasco, cuyos dos hijos fueron asesinados en una operación policial en 2017, a Al Jazeera tras el arresto de Duterte. «Por fin, después de tantos años de espera, está ocurriendo.»

Si la CPI podrá cumplir esa esperanza sigue siendo una pregunta abierta. Pero el hecho de que un exjefe de Estado se encuentre en una celda en Scheveningen respondiendo por una campaña que mató a miles de sus propios ciudadanos es en sí mismo una declaración: las guerras contra las drogas libradas con escuadrones de la muerte no son simples disputas de política interior. Son potenciales crímenes de lesa humanidad.

La noche del 11 de marzo de 2025, un avión con el expresidente filipino Rodrigo Duterte a bordo despegó del Aeropuerto Internacional Ninoy Aquino de Manila con destino a La Haya. Horas antes, las autoridades filipinas, actuando sobre la base de una orden de arresto transmitida a través de Interpol, habían detenido al hombre de 79 años en la Base Aérea de Villamor. La Corte Penal Internacional había emitido la orden bajo secreto el 7 de marzo y la había clasificado como pública el 11 de marzo, el mismo día en que Duterte fue detenido y entregado al tribunal.

Era un momento que muchos creyeron que nunca llegaría. Durante casi una década, las familias de los muertos habían esperado. Las organizaciones de derechos humanos habían documentado. Los fiscales habían investigado. Y el propio Duterte había retirado a Filipinas del tratado fundacional de la CPI, el Estatuto de Roma, con la intención de ponerse fuera del alcance del tribunal.

La arquitectura jurídica de los cargos

El 10 de febrero de 2025, la Fiscalía de la CPI solicitó una orden de arresto contra Duterte por los crímenes de lesa humanidadCrímenes graves como asesinato, tortura o persecución cometidos como parte de un ataque generalizado o sistemático contra la población civil. de asesinato, tortura y violación. La Sala de Cuestiones Preliminares I, integrada por la jueza presidenta Iulia Antoanella Motoc y las juezas Reine Adelaide Sophie Alapini-Gansou y Maria del Socorro Flores Liera, concluyó que existían motivos razonables para creer que Duterte era individualmente responsable como coautor mediato del crimen de lesa humanidad de asesinato. La sala emitió una orden por ese cargo, no por tortura ni violación.

El caso de la fiscalía se estructura en torno a tres cargos por crímenes de lesa humanidad:

  • Cargo primero: Asesinatos cometidos en Davao City y sus alrededores durante el período de Duterte como alcalde, presuntamente perpetrados por el Escuadrón de la Muerte de Davao (DDS). La fiscalía identificó nueve incidentes concretos con 19 víctimas, entre ellas tres niños.
  • Cargo segundo: Asesinatos de llamados «objetivos de alto valor» durante su período presidencial.
  • Cargo tercero: Asesinatos y tentativas de asesinato en operaciones de erradicación de drogas a nivel de barangay (aldea) durante su presidencia.

En total, la fiscalía se centró en 49 incidentes con 78 víctimas en los tres cargos. Esta es una muestra representativa; la sala señaló que el ataque alegado «tuvo lugar durante varios años y resultó en miles de muertes».

La teoría jurídica es la de la coautoría mediata conforme al artículo 25(3)(a) del Estatuto de Roma. La fiscalía sostiene que «el señor Duterte y sus coautores compartían un plan común para neutralizar a los presuntos criminales en Filipinas… mediante crímenes violentos, incluido el asesinato». La sala identificó dos marcos organizativos diferenciados: un ataque dirigido contra la población civil en ejecución de una política organizativa mientras Duterte encabezaba el DDS, y en ejecución de una política estatal durante su presidencia.

El Escuadrón de la Muerte de Davao: orígenes y pruebas

El Escuadrón de la Muerte de Davao surgió en los años noventa cuando Duterte se convirtió en alcalde de Davao City. Prometió abiertamente convertir la ciudad en «el lugar más peligroso para los criminales», declarando que los narcotraficantes, secuestradores y violadores eran «blancos legítimos para el asesinato».

La magnitud de los asesinatos del DDS fue documentada por múltiples fuentes. Entre 1998 y 2015, la Coalition Against Summary Executions (CASE) registró 1.424 víctimas de ejecuciones sumarias en Davao City. Human Rights Watch publicó una investigación detallada en 2009, titulada «You Can Die Any Time» («Puedes morir en cualquier momento»), que trazó la estructura, el reclutamiento, las operaciones y la financiación del DDS. El informe documentó cómo las víctimas recibían advertencias antes de ser asesinadas, cómo los crímenes ocurrían a plena luz del día y cómo el DDS operaba con total impunidad.

En 2007, el Relator Especial de la ONU Philip Alston confirmó que «un escuadrón de la muerte opera en Davao City, cuyos miembros matan rutinariamente a niños de la calle y a otras personas a plena luz del día». Recomendó que Duterte fuera privado del control de la policía local y que el gobierno nacional asumiera la responsabilidad de desmantelar el escuadrón. La recomendación nunca fue implementada.

En octubre de 2024, Duterte compareció ante el Senado filipino y confesó bajo juramento haber mantenido un escuadrón de la muerte de siete «malhechores» como alcalde. «Puedo hacer la confesión ahora si quieren», dijo. «Tenía un escuadrón de la muerte de siete, pero no eran policías, también eran malhechores.» También admitió haber instruido a la policía para que «animara a los criminales a pelear, los animara a sacar sus armas. Esa era mi instrucción. Animadlos a pelear, y cuando peleen, matadlos para que el problema en mi ciudad quede resuelto.»

La guerra presidencial contra las drogas: escala y métodos

En 2016, Duterte ganó la presidencia filipina con la promesa de extender su enfoque de Davao a todo el país. El 1 de julio, su primer día completo en el cargo, la policía llevó a cabo operaciones antidroga en todo el país, matando al menos a 12 personas. Ofreció a los policías su «garantía oficial y personal» de inmunidad por las muertes causadas en el ejercicio de sus funciones. «Los derechos humanos no me importan, créanme», declaró.

Los asesinatos seguían un patrón bien definido. Agentes de la Policía Nacional de Filipinas allanaban viviendas de noche sin orden judicial, deteniendo y luego ejecutando a los sospechosos, frecuentemente plantando pruebas para justificar sus actos. Los policías alegaban rutinariamente que los sospechosos habían opuesto resistencia («nanlaban»), una justificación que los abogados de las víctimas impugnarían posteriormente ante la CPI.

Para diciembre de 2016, más de 5.000 personas habían sido asesinadas, incluidos 2.041 sospechosos de narcotráfico abatidos en operaciones policiales. Al término del mandato de Duterte en 2022, las estadísticas policiales oficiales arrojaban un total de más de 6.000 muertos. Los grupos de derechos humanos sostienen que la cifra real supera los 30.000, siendo la discrepancia consecuencia de los asesinatos cometidos por vigilantes no identificados y de las muertes ocurridas fuera de las operaciones oficiales.

Las víctimas eran abrumadoramente pobres. Un informe de Amnistía Internacional de 2017 reveló que la mayoría de los asesinados vivía por debajo del umbral de pobreza y que policías confesaron recibir una recompensa equivalente a entre 150 y 300 dólares por cada sospechoso de narcotráfico que mataban, lo que Amnistía describió como un «incentivo para matar».

Los niños tampoco fueron perdonados. Entre los casos mejor documentados: Myca Ulpina, de tres años, asesinada durante un operativo de 2019 dirigido contra su padre; Althea Fhem Barbon, de cuatro años, tiroteada mientras iba en moto con su padre; y Kian delos Santos, de diecisiete años, arrastrado hacia un callejón por la policía y abatido a pesar de que las imágenes de las cámaras de seguridad demostraban que estaba desarmado.

La jurisdicción y la cuestión de la retirada

Filipinas se adhirió al Estatuto de Roma el 1 de noviembre de 2011 y presentó una notificación de retirada el 17 de marzo de 2018, poco después de que la CPI anunciara un examen preliminar. La retirada entró en vigor un año después, el 17 de marzo de 2019.

Conforme al artículo 127 del Estatuto de Roma, la retirada no afecta a la jurisdicción del tribunal sobre los crímenes cometidos durante el período de membresía. La investigación de la CPI abarca, por tanto, el período comprendido entre el 1 de noviembre de 2011 y el 16 de marzo de 2019, que engloba los últimos años de Duterte como alcalde de Davao y sus tres primeros años como presidente.

En septiembre de 2021, la Sala de Cuestiones Preliminares I autorizó la apertura de una investigación formal. El gobierno filipino solicitó una suspensión, alegando que estaban en curso procedimientos nacionales. En julio de 2023, la Sala de Apelaciones de la CPI rechazó ese argumento y confirmó que la investigación podía continuar.

La dinámica política detrás del arresto

Durante años, tanto la administración Duterte como la de Marcos se negaron a cooperar con la CPI. Lo que cambió fue la relación política entre los dos bandos.

Tras una ruptura entre las facciones políticas Marcos y Duterte en 2024, la administración Marcos fue modificando gradualmente su posición. En noviembre de 2024, tras la confesión de Duterte ante el Senado sobre su escuadrón de la muerte, Marcos declaró que el gobierno cumpliría con las solicitudes de Interpol si se emitía una orden de arresto.

El presidente Marcos presentó el arresto de Duterte no como cooperación con la CPI, sino como el cumplimiento de las obligaciones de Filipinas con Interpol. «El señor Duterte fue detenido en cumplimiento de nuestros compromisos con Interpol», afirmó. «Interpol pidió ayuda y accedimos porque tenemos compromisos con Interpol que debemos cumplir.»

La audiencia de confirmación de cargosAudiencia preliminar de la CPI para determinar si existen pruebas suficientes para enviar un caso a juicio.: febrero de 2026

Del 23 al 27 de febrero de 2026, la Sala de Cuestiones Preliminares I celebró audiencias de confirmación de cargos. La audiencia no fue un juicio y no tenía por objeto establecer la culpabilidad o la inocencia. Su propósito era determinar si existen «motivos fundados para creer» que Duterte cometió los crímenes imputados.

Duterte, declarado apto para ser juzgado el 26 de enero de 2026 tras alegar su defensa que era demasiado frágilDiseñado para romperse, desmoronarse o ceder fácilmente al impacto; principio de diseño estructural que permite que los objetos cerca de las pistas fallen de forma segura en lugar de causar daño adicional a las aeronaves. para participar, renunció a su derecho a asistir a la audiencia. Su abogado principal, Nick Kaufman, presentó el caso de la defensa.

La fiscalía, encabezada por el fiscal adjunto Mame Mandiaye Niang, argumentó que Duterte estaba en la cúspide de una cadena de mando que implementó una política estatal de asesinatos. Los representantes legales de 539 víctimas también se dirigieron al tribunal.

Los representantes legales de las víctimas se centraron en la desigualdad social. La abogada principal Paolina Massidda declaró a la sala que «las personas atacadas por las operaciones antidroga del señor Duterte provenían abrumadoramente de comunidades empobrecidas donde la movilidad social es limitada y las oportunidades escasas». El abogado filipino Gilbert Andres describió cómo la situación de marginalización de las víctimas «multiplicó exponencialmente» el daño: «La campaña de guerra contra las drogas del señor Duterte apuntó a la humanidad misma de las víctimas, de sus familias y de sus comunidades. En filipino, las víctimas indirectas lo expresaron en una frase: “Inalisan kami ng dangal” (Nos despojaron de nuestra dignidad).»

La impunidad y lo que viene después

La impunidad casi total a nivel nacional en torno a la guerra contra las drogas es fundamental para entender por qué existe el caso ante la CPI. De los miles de asesinatos, solo cuatro casos resultaron en condenas ante los tribunales filipinos, todos ellos contra policías de bajo rango. Ningún alto funcionario fue jamás responsabilizado. La guerra contra las drogas fue, en palabras de la Federación Internacional de Derechos Humanos, «una campaña que se cebó abrumadoramente con personas de comunidades pobres y marginadas» mientras negaba a las familias de las víctimas un acceso efectivo a la justicia.

La guerra contra las drogas no ha terminado. Bajo el presidente Marcos, más de 1.000 personas habrían muerto en el marco de la campaña antidroga desde que asumió el cargo en julio de 2022. Marcos nunca ha repudiado la guerra contra las drogas como política de Estado ni ha revocado las órdenes permanentes de Duterte.

Los jueces tienen ahora 60 días a partir del 27 de febrero para emitir su decisión. Pueden confirmar los cargos y remitir a Duterte a juicio oral, negarse a confirmarlos y detener el procedimiento, o acordar un aplazamiento y solicitar pruebas adicionales a la fiscalía. Ninguna de las partes puede apelar directamente la decisión, aunque pueden solicitar autorización para hacerlo.

Para las familias de los muertos, el proceso tiene un peso que los tribunales filipinos nunca tuvieron. «Mis ojos se llenaron de lágrimas», dijo Llore Pasco, cuyos dos hijos fueron asesinados en una operación policial en 2017, a Al Jazeera tras el arresto de Duterte. «Por fin, después de tantos años de espera, está ocurriendo. Este es el momento.»

Tanto si la CPI culmina en juicio como si no, el hecho de que un exjefe de Estado se encuentre detenido en Scheveningen por una campaña que costó la vida a miles de sus propios ciudadanos ya ha alterado el cálculo de la rendición de cuentas. Las guerras contra las drogas libradas con escuadrones de la muerte y ejecuciones extrajudiciales no son simples disputas de política interior. A los ojos del derecho internacional, son potenciales crímenes de lesa humanidad, y quienes las ordenan pueden ser llamados a responder por ello.

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