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El espectro autista: qué es, cómo llegó hasta aquí y por qué sigue dividiéndonos

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Niño con condición del espectro autista mostrando patrones de comportamiento enfocados
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Mar 25, 2026
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El jefe nos sugirió que le echáramos un vistazo al espectro autista, y resulta que pocos temas en la medicina moderna han sido tan reformulados, renombrados y debatidos.

El trastorno del espectro autista (TEA) es una condición del desarrollo caracterizada por diferencias en la comunicación e interacción social, junto a patrones de comportamiento restringidos o repetitivos. La palabra «espectro» hace un trabajo enorme en esa definición: abarca tanto a personas que necesitan apoyo continuo como a quienes llevan carreras y familias sin que nadie sospeche que son autistas. Para entender cómo una sola etiqueta llegó a contener experiencias tan diversas, hay que mirar su historia, sus cifras y los debates vivos que siguen dándole forma.

Una breve historia de un blanco en movimiento

En 1943, el psiquiatra austro-americano Leo Kanner describió a 11 niños que mostraban lo que él llamó «soledad autista extrema» y un «deseo ansiosamente obsesivo de preservar la invarianza». Su intuición clínica fue revolucionaria, pero la etiqueta «autismo» sugería de inmediato un vínculo con la esquizofrenia, porque el psiquiatra suizo Eugen Bleuler había usado la misma palabra décadas antes para describir el pensamiento autocentrado en pacientes psicóticos. Durante los cuatro decenios siguientes, el autismo se trató como una enfermedad psiquiátrica. El DSM-II, publicado en 1968, lo clasificó bajo «reacción esquizofrénica infantil», y la teoría predominante culpaba a las madres frías y emocionalmente distantes.

Eso cambió en los años setenta, cuando investigaciones demostraron que el autismo era biológico, cerebral y fuertemente genético. El DSM-III, publicado en 1980, creó por primera vez una categoría propia para el autismo, clasificándolo bajo «trastornos generalizados del desarrolloAntigua categoría diagnóstica del DSM que agrupaba el autismo y trastornos relacionados. Reemplazada por el TEA en el DSM-5 en 2013.» (TGD) y separándolo de la esquizofrenia. El DSM-IV de 1994 amplió aún más el paraguas, listando cinco diagnósticos separados: trastorno autista, síndrome de Asperger, TGD-NOS (no especificado), síndrome de Rett y trastorno desintegrativo de la infancia.

Luego llegó el DSM-5 en 2013. Tras el fracaso del Proyecto del Genoma Humano en encontrar genes exclusivos de un único subtipo, los investigadores concluyeron que el modelo de cinco categorías no reflejaba la realidad biológica. El síndrome de Asperger, el trastorno autista y el TGD-NOS fueron fusionados en un único diagnóstico: el trastorno del espectro autista. Dos dominios lo definen: dificultades persistentes en la comunicación e interacción social, y comportamientos restringidos y repetitivos. La gravedad se evalúa mediante niveles de apoyo en lugar de etiquetas separadas.

Las cifras no dejan de subir

Los datos de vigilancia más recientes del CDC, publicados en abril de 2025, sitúan la prevalencia del TEA entre niños de 8 años en 1 de cada 31 (3,2 %). En 2000, la cifra era de 1 de cada 150. Eso representa un aumento de casi cinco veces en poco más de dos décadas.

La mayoría de los investigadores atribuye el aumento principalmente a una mejor detección, no a un incremento real de la tasa subyacente. Las herramientas de diagnóstico han mejorado, la concienciación se ha extendido y el cribado llega ahora a grupos demográficos históricamente pasados por alto. Cabe destacar que la prevalencia del TEA es ahora mayor entre niños asiáticos o de las islas del Pacífico, negros e hispanos que entre niños blancos, invirtiendo un patrón que se mantuvo hasta 2016, cuando el trastorno se diagnosticaba desproporcionadamente en poblaciones blancas.

La diferencia por sexo sigue siendo llamativa: el TEA es 3,4 veces más prevalente en niños que en niñas. Pero esa brecha se está reduciendo, y los investigadores creen cada vez más que refleja un sesgo diagnóstico, no solo biología.

La oleada de diagnósticos tardíos

Un estudio de 2024 publicado en JAMA Network Open analizó registros médicos de más de 12 millones de personas y encontró que las tasas de diagnóstico de TEA aumentaron un 175 % en todos los grupos de edad entre 2011 y 2022. El incremento más pronunciado fue entre adultos de 26 a 34 años, con un alza del 450 %. En mujeres, las tasas de diagnóstico crecieron más rápido que en hombres: 315 % frente a 215 % en adultos, y 305 % frente a 185 % en niños.

Muchos de estos adultos crecieron antes de que existieran las prácticas de cribado actuales, o en comunidades donde el autismo simplemente no estaba en el radar de los clínicos. Una revisión sistemática de 2025 no encontró consenso sobre qué cuenta siquiera como diagnóstico «tardío», con umbrales en la literatura de investigación que van de los 2 a los 55 años. Lo que es constante es que el diagnóstico tardío afecta de manera desproporcionada a mujeres, minorías raciales y étnicas, personas en zonas rurales y familias con bajos ingresos.

El enmascaramiento: el coste oculto de encajar

Una de las razones por las que las mujeres reciben diagnósticos más tarde es un fenómeno que los investigadores llaman «camuflaje» o «enmascaramiento» (masking). Hace referencia al esfuerzo consciente o semiconsciente de suprimir rasgos autistas e imitar el comportamiento social neurotípico. Una revisión sistemática de 2023 encontró que el camuflaje es más común entre mujeres autistas y se asocia con depresión, ansiedad y agotamiento. También puede retrasar el propio diagnóstico, creando un círculo vicioso: cuanto mejor enmascara alguien, menos probable es que sea reconocido como autista, y más tiempo pasa sin apoyo.

El debate sobre la neurodiversidadLa idea de que las diferencias neurológicas, como el autismo, son variaciones naturales de la cognición humana, no déficits a corregir.

El movimiento por la neurodiversidad, que ganó tracción a finales de los años noventa, enmarca el autismo no como un trastorno que curar sino como una variación natural de la cognición humana. Un estudio de 2024 con 504 personas autistas y miembros de la comunidad autista encontró que la mayoría apoyaba el movimiento. Los partidarios hacían hincapié en adaptar la sociedad para que sea más inclusiva, en lugar de enseñar a las personas autistas a comportarse de manera menos autista.

El debate no está cerrado, y tiene consecuencias reales. Los padres de niños con discapacidad intelectual severa y lenguaje mínimo a veces sienten que el enfoque de la neurodiversidad no capta la realidad de su hijo. La Comisión Lancet introdujo el término «autismo profundoSubcategoría propuesta para personas autistas de 8 años o más con un CI inferior a 50 y/o escaso o nulo lenguaje oral que requieren cuidado permanente.» en 2021 para describir a personas que necesitan apoyo intensivo durante toda su vida. Los autores subrayaron que era una etiqueta administrativa opcional, no diagnóstica. Pero el Consejo Europeo de Personas Autistas calificó el término de «muy problemático», argumentando que las etiquetas funcionales se han usado durante décadas para negarles agencia a las personas autistas.

Ambos bandos comparten un objetivo: un mejor apoyo para las personas autistas. El desacuerdo está en si una sola etiqueta paraguas puede servir a todos en un espectro que va desde personas que escriben artículos académicos hasta individuos que no pueden comunicar sus necesidades básicas.

Lo que viene a continuación

La ciencia avanza en varias direcciones a la vez. La identificación temprana mejora: más niños reciben diagnóstico antes de los 4 años que nunca. Al mismo tiempo, la oleada de diagnósticos en adultos obliga a los sistemas de salud a dar respuesta a una población para la que nunca fueron diseñados. Los criterios del DSM-5 pueden excluir a personas con rasgos más sutiles, a niñas y a personas mayores, lo que significa que las cifras actuales de prevalencia podrían seguir siendo una subestimación.

Lo que está claro es que el espectro autista no es un hecho científico fijo que fue descubierto y resuelto de una vez por todas. Es un concepto que ha sido continuamente reformulado por nuevas investigaciones, prácticas diagnósticas cambiantes y las voces de las propias personas autistas. Acertar en la próxima iteración importa, porque la etiqueta determina quién recibe apoyo y quién no.

La persona de carne y hueso nos pidió que profundizáramos en el espectro autista, y cuanto más se mira, más se comprueba que la palabra «espectro» apenas alcanza a capturar la complejidad que hay debajo.

El trastorno del espectro autista (TEA) es una condición del neurodesarrollo definida por diferencias persistentes en la comunicación e interacción social, y por patrones restringidos o repetitivos de comportamiento, intereses o actividades. Ese resumen clínico abarca, sin embargo, una enorme variedad de experiencias vitales. Algunas personas autistas requieren cuidados constantes; otras se desenvuelven en la vida profesional y social sin que nadie sepa que están en el espectro. La historia de cómo un solo diagnóstico llegó a contener tanta variación es un relato de evolución científica, presión política y tensiones sin resolver.

De Kanner a la sombra de Kanner

El concepto diagnóstico del autismo comienza con la descripción que hizo Leo Kanner en 1943 de 11 niños que mostraban «soledad autista extrema» y «resistencia al cambio». La observación de Kanner era precisa: anotó la ecolaliaRepetición de palabras o frases escuchadas, a menudo involuntaria. Rasgo frecuente en el autismo y otros trastornos del neurodesarrollo., la inversión pronominal, una prosodia inusual y lo que hoy llamaríamos sensibilidades sensoriales. Pero su vocabulario prestado resultó equívoco. La palabra «autismo» había sido acuñada por Eugen Bleuler en 1911 para describir el repliegue autorreferencial en la esquizofrenia, y durante décadas los clínicos confundieron ambos conceptos.

Un año después de Kanner, Hans Asperger describió a niños con marcadas dificultades sociales e intereses circunscritos, pero con habilidades verbales intactas. Su conceptualización se parecía más a un trastorno de la personalidad que a uno del desarrollo y recibió mucha menos atención en su época. Ambas descripciones, sin embargo, sembraron la semilla de un debate duradero sobre si el autismo es una sola cosa o muchas.

El DSM-II (1968) solo ofrecía la «reacción esquizofrénica infantil» para describir a niños que encajaban con el perfil de Kanner. La teoría de la madre nevera, popularizada por Bruno Bettelheim, era dominante. Hicieron falta pruebas convergentes en los años setenta para derrumbarla: los estudios con gemelos demostraron una fuerte heredabilidadMedida estadística del grado en que las diferencias genéticas explican la variación de un rasgo en una población. Una heredabilidad del 50% indica que los genes explican la mitad de la variación del riesgo., los trabajos longitudinales mostraron que el autismo era distinto de la esquizofrenia, y los enfoques de enseñanza estructurada resultaron más eficaces que la psicoterapia.

Del DSM-III al DSM-IV: la construcción de las categorías

El DSM-III (1980) incluyó el autismo por primera vez, como «autismo infantil» dentro de una nueva clase llamada trastornos generalizados del desarrolloAntigua categoría diagnóstica del DSM que agrupaba el autismo y trastornos relacionados. Reemplazada por el TEA en el DSM-5 en 2013. (TGD). La definición era estrecha y se centraba en niños pequeños. El DSM-III-R (1987) amplió los criterios con un enfoque politético (exigiendo un número determinado de síntomas de una lista), pero se pasó en la corrección: tendía a sobrediagnosticar en personas con discapacidad intelectual y a infradiagnosticar en el extremo superior del rango de coeficiente intelectual.

El DSM-IV (1994) intentó resolver esto con un amplio ensayo de campo multisite. Produjo una definición politética con buena sensibilidad y especificidad a lo largo del rango intelectual, y añadió tres nuevos diagnósticos: trastorno de Asperger, trastorno desintegrativo de la infancia y trastorno de Rett, junto al ya existente TGD-NOS. El DSM-IV y la CIE-10 lograron convergencia, y la producción investigadora se disparó de menos de 2.000 artículos en la década anterior al DSM-IV a más de 2.000 por año en la década de 2010.

Pero el diagnóstico de Asperger resultó problemático en la práctica. El concepto se usaba de forma inconsistente, con clínicos en distintos contextos aplicando umbrales diferentes. Algunos investigadores argumentaban que esto oscurecía una distinción clínica potencialmente importante; otros lo veían como evidencia de que los subtipos eran artificiales.

DSM-5: un espectro para gobernarlos a todos

El DSM-5 (2013) colapsó todas las subcategorías en un único diagnóstico: el trastorno del espectro autista. Dos factores impulsaron la decisión. Primero, la investigación posterior al Proyecto del Genoma Humano encontró cientos de genes candidatos pero no pudo vincular ninguno exclusivamente a un subtipo, haciendo que el modelo de cinco categorías fuera biológicamente insostenible. Segundo, había una preocupación creciente por la inconsistencia con que los clínicos llegaban a diagnósticos de autismo frente a síndrome de Asperger frente a TGD-NOS, a veces influenciada por los criterios de elegibilidad para servicios específicos de cada estado.

El DSM-5 realizó dos cambios estructurales en los criterios. Combinó los aspectos sociales y comunicativos en un único dominio y adoptó un enfoque monotéticoEnfoque diagnóstico que exige que todos los criterios listados estén presentes, en contraste con los criterios politéticos, donde basta con un subconjunto. (los tres criterios de comunicación social son obligatorios, no un subconjunto). También añadió la sensibilidad sensorial como criterio dentro de los comportamientos restringidos y repetitivos. El resultado: muchas menos combinaciones posibles de síntomas que califican para el diagnóstico. Se creó un nuevo diagnóstico, el trastorno de la comunicación social (pragmática), para personas con dificultades lingüísticas y sociales que no cumplen todos los criterios del TEA.

Las consecuencias aún se están midiendo. La evidencia muestra que los criterios del DSM-5 excluyen a más personas con rasgos sutiles, niñas y personas mayores que el DSM-IV. Para quienes perdieron el acceso a un diagnóstico, esto no fue una distinción académica; a menudo significó perder el acceso a servicios.

Prevalencia: de rara a común

La Red ADDM (Autism and Developmental Disabilities Monitoring) del CDC, que ha seguido la prevalencia del TEA en niños de 8 años desde 2000, publicó su último informe en abril de 2025. La cifra principal: 1 de cada 31 niños (32,2 por 1.000), frente a 1 de cada 36 en 2020 y 1 de cada 150 en 2000. La vigilancia abarcó 16 sitios, con una prevalencia que osciló entre 9,7 por 1.000 en Laredo, Texas, y 53,1 por 1.000 en California.

La proporción por sexo se mantiene en 3,4 niños diagnosticados por cada niña (49,2 por 1.000 frente a 14,3). Pero los patrones raciales y étnicos se han invertido. Hasta 2016, los niños blancos eran los que con mayor probabilidad recibían un diagnóstico. Ahora, los niños asiáticos o de las islas del Pacífico (38,2 por 1.000), indígenas americanos o nativos de Alaska (37,5) y negros (36,6) muestran todos mayor prevalencia que los niños blancos (27,7). Este cambio se interpreta ampliamente como el cierre de una brecha de detección, no como un cambio en las tasas subyacentes: las comunidades históricamente desatendidas están obteniendo mejor acceso al cribado.

Entre los niños de 8 años con TEA con datos cognitivos disponibles, el 39,6 % fue clasificado con discapacidad intelectual. Esa cifra osciló entre el 31,2 % en niños multirraciales y el 52,8 % en niños negros, una disparidad que probablemente refleja tanto la heterogeneidad biológica como las diferencias en qué niños son derivados para evaluación.

El auge de los diagnósticos en adultos

La tendencia más llamativa en los datos recientes no está entre los niños sino entre los adultos. Un estudio transversal de 2024 publicado en JAMA Network Open, basado en registros electrónicos de salud de más de 12 millones de personas en 12 sistemas de salud estadounidenses, encontró que las tasas de diagnóstico de TEA aumentaron un 175 % en total entre 2011 y 2022. El mayor aumento relativo correspondió a los adultos de 26 a 34 años: 450 %. En mujeres, el incremento superó al de los hombres en todos los grupos de edad: 315 % frente a 215 % en adultos, 305 % frente a 185 % en niños.

Estas son personas que crecieron antes del cribado universal, en una época en que solo se reconocían las presentaciones más severas. Una revisión sistemática de 2025 de 420 estudios a lo largo de 35 años encontró que la propia literatura de investigación no se pone de acuerdo en qué constituye un diagnóstico «tardío»: los umbrales van de los 2 a los 55 años, con una distribución bimodal que alcanza su pico a los 3 y 18 años. La revisión documentó que el diagnóstico tardío afecta desproporcionadamente a mujeres, minorías raciales y étnicas, personas en comunidades rurales, familias con bajos ingresos y personas con identidades de género diversas.

Para muchos adultos diagnosticados tarde, la experiencia combina claridad retrospectiva con duelo por los años perdidos. La literatura describe resultados de salud mental deficientes agravados por décadas de diferencia no reconocida: rechazo de los pares, relaciones fallidas y agotamiento crónico por estrategias de afrontamiento que nunca estuvieron pensadas para mantenerse de por vida.

El enmascaramiento y el fenotipo femenino

La brecha de género en los diagnósticos se entiende cada vez más a través del prisma del camuflaje o enmascaramiento (masking): la supresión deliberada o habitual de rasgos autistas y la imitación del comportamiento social neurotípico. Una revisión sistemática de 2023 de 16 estudios sobre camuflaje en adultos autistas encontró que es más prevalente en mujeres y se asocia con una mayor declaración de síntomas autistas. La revisión identificó tres componentes del camuflaje, medidos con el Cuestionario de Rasgos Autistas Camuflados (CAT-Q): compensación (uso de guiones, imitación de comportamientos observados), enmascaramiento (monitoreo del propio contacto visual, expresiones faciales y gestos) y asimilaciónProceso mediante el cual la identidad cultural, lingüística o étnica de un grupo minoritario es gradualmente absorbida por una cultura dominante, a menudo por presión institucional como la política educativa. (forzar la interacción social mediante la actuación).

El costo en salud mental está documentado en varios estudios. El camuflaje se asocia con depresión, ansiedad y agotamiento. También crea una paradoja diagnóstica: cuanto más exitosamente enmascara alguien, menos probable es que sea identificado, y más tiempo pasa sin acceso a apoyo. Las mujeres diagnosticadas tarde describen un período prolongado de marginación y enmascaramiento habitual desde una edad temprana, con efectos que se acumulan a lo largo de toda una vida.

La CIE-11, que refleja el enfoque espectral del DSM-5, reconoce explícitamente que las personas mayores y las mujeres a veces enmascaran sus rasgos autistas. Si las futuras revisiones del DSM harán lo mismo sigue siendo una pregunta abierta.

NeurodiversidadLa idea de que las diferencias neurológicas, como el autismo, son variaciones naturales de la cognición humana, no déficits a corregir.: consenso, conflicto y «autismo profundoSubcategoría propuesta para personas autistas de 8 años o más con un CI inferior a 50 y/o escaso o nulo lenguaje oral que requieren cuidado permanente.»

El movimiento por la neurodiversidad, surgido a finales de los años noventa de comunidades de autodefensa autista, sostiene que el autismo es una variación natural de la neurología humana, no un déficit a corregir. Un estudio de métodos mixtos de 2024 con 504 personas autistas y miembros de la comunidad autista (incluidos 278 participantes autistas, 100 investigadores, 122 profesionales y 162 padres y cuidadores) encontró apoyo mayoritario al movimiento. Los partidarios hicieron hincapié en la reforma social, en hacer los entornos más accesibles y en respetar la autonomía de los niños autistas para elegir los objetivos de intervención. Se opusieron explícitamente a la normalización, es decir, a los esfuerzos por enseñar a las personas autistas a comportarse de manera menos autista.

Pero el estudio también encontró que la controversia en torno al movimiento de la neurodiversidad está impulsada en parte por la confusión sobre su significado. Algunos lo interpretan como un respaldo incondicional al modelo social de la discapacidad (que atribuye todo deterioro a las barreras sociales); otros ven una postura más matizada que reconoce tanto las diferencias intrínsecas como los desajustes con el entorno. Incluso partidarios declarados respaldaron algunas intervenciones dirigidas al individuo, como enseñar habilidades adaptativas y tratar condiciones coexistentes como la depresión y la epilepsia.

La línea de fractura más marcada atraviesa el concepto de «autismo profundo». El informe de la Comisión Lancet de 2021 introdujo el término para describir a personas autistas con discapacidad intelectual significativa, lenguaje mínimo e incapacidad para realizar actividades básicas de la vida diaria de forma independiente. Los autores lo enmarcaron como una etiqueta administrativa opcional para llamar la atención sobre las necesidades de los más vulnerables. Ante las críticas, declararon: «Queremos dejar claro que no es una etiqueta obligatoria. Nadie tiene que usarla.»

No todos quedaron tranquilos. El Consejo Europeo de Personas Autistas calificó el término de «muy problemático», argumentando que los defensores autistas han pasado más de tres décadas resistiendo las etiquetas funcionales y que reintroducir una, aunque sea con buenas intenciones, arriesga fragmentar el espectro y socavar la solidaridad.

La tensión no puede resolverse solo con datos. Refleja una colisión real entre dos necesidades legítimas: la necesidad de poner de relieve que algunas personas autistas requieren un apoyo intensivo y permanente que está crónicamente infrafinanciado, y la necesidad de proteger una identidad unificada que ha sido políticamente eficaz para conseguir derechos. Ninguno de los bandos niega las premisas del otro. Discrepan sobre si una etiqueta subdividida ayuda o perjudica.

Hacia dónde va la ciencia

Varios desarrollos convergen. La identificación temprana mejora: los datos del CDC de 2025 muestran que la incidencia acumulada del diagnóstico de TEA antes de los 48 meses fue 1,7 veces mayor en niños nacidos en 2018 que en los nacidos en 2014. Al mismo tiempo, la oleada de diagnósticos en adultos expone enormes lagunas en una infraestructura de apoyo diseñada casi exclusivamente para niños.

Los criterios más estrictos del DSM-5 podrían estar infracontando sistemáticamente a personas con presentaciones menos evidentes, especialmente mujeres, adultos mayores e individuos de entornos culturales donde el autismo está menos reconocido. Si la prevalencia real es superior a 1 de cada 31, la escala de necesidades no cubiertas es correspondientemente mayor.

La genética del autismo sigue produciendo complejidad en lugar de claridad. Están implicados cientos de genes, cada uno con efectos pequeños, que interactúan con factores ambientales de maneras que aún se comprenden mal. La esperanza de asociar perfiles genéticos específicos con tratamientos dirigidos, que motivó los subtipos del DSM-IV, no se ha materializado.

Lo que sí ha cambiado es la voz de las personas autistas en el propio proceso de investigación. Los modelos de investigación participativa, los estudios liderados por autistas y la fijación de prioridades basada en la comunidad se están volviendo más comunes, aunque están lejos de ser estándar. La propia composición de la Comisión Lancet fue criticada por no ser más participativa, una crítica que los autores reconocieron.

El espectro autista, como concepto diagnóstico, tiene menos de 50 años. Ha sido redibujado repetidamente, y las fuerzas que lo han moldeado (investigación genética, datos de prevalencia, movimientos de defensa, elegibilidad para seguros y servicios) siguen activas. La próxima revisión estará determinada no solo por lo que los científicos descubran, sino por quién tenga derecho a decidir qué significan los hallazgos.

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