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La incoherencia selectiva de lo «blanco»: por qué solo una categoría étnica recibe el tratamiento existencial

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Grupo diverso que representa diferentes clasificaciones de categoría étnica y conceptos de identidad racial
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Mar 30, 2026
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Toda gran etiqueta étnica o racial es una simplificación. Para eso sirven las etiquetas. Pero solo una de ellas, en el mundo occidental contemporáneo, es tratada sistemáticamente como tan problemática, tan contradictoria en sí misma, tan contaminada históricamente que apenas funciona como categoría: «blanco».

El jefe planteó esta cuestión, y vale la pena tomarla en serio en lugar de esquivarla: ¿por qué «blanco» recibe el tratamiento existencial que ninguna otra categoría étnica comparable recibe?

El mito de la categoría singularmente confusa

La objeción estándar a «blanco» como agrupación coherente viene a decir esto: engloba a noruegos y sicilianos, a polacos y portugueses, pueblos cuyas lenguas, cocinas, historias e incluso apariencias físicas difieren enormemente. Las fronteras han cambiado con el tiempo. Los inmigrantes irlandeses e italianos sufrieron discriminación en el pasado. Por tanto, «blanco» sería singularmente arbitrario, singularmente construido y quizás singularmente carente de sentido.

Cada frase de esa objeción es verdadera. Pero cada frase también se aplica, con igual fuerza, a prácticamente todas las demás categorías etno-raciales del planeta.

Han chino: 1.200 millones de personas, una sola etiqueta

Consideremos los «han chinos», el grupo étnico más numeroso del planeta. La etiqueta agrupa a personas que hablan lenguas mutuamente ininteligibles (mandarín, cantonés, hakka, wu, min y otras), tienen cocinas radicalmente distintas y presentan perfiles genéticos mediblemente diferentes según provengan del norte o del sur. Un estudio genómico de 2009 sobre más de 6.000 individuos han de diez provincias reveló un claro gradiente genético norte-sur, con una subestructura significativa incluso a nivel de grupos dialectales dentro de una misma provincia.

La propia categoría no es antigua. «Han chino» como identidad política fue en gran medida un producto de la construcción nacional de finales del siglo XIX, consolidada por el Proyecto de Clasificación Étnica de 1954 del gobierno comunista. Ese proyecto fue un ejercicio deliberado de taxonomía estatal: cuando el censo de 1953 invitó a la gente a autoidentificarse, más de 200 grupos solo en Yunnan reclamaron un estatus étnico propio. El gobierno los comprimió en 25 categorías reconocidas. A escala nacional, cientos de comunidades distintas fueron agrupadas en tan solo 56 minzu oficiales.

Nadie afirma que eso sea limpio. Pero nadie trata a los «han chinos» como una categoría tan incoherente que China no pueda hablar significativamente de una etnia dominante.

Japón: minorías reconocidas, categoría intacta

Japón reconoció oficialmente a los ainu como pueblo indígena mediante una ley aprobada por la Dieta en 2019. El pueblo ryukyu de Okinawa habla lenguas de una rama separada de la familia lingüística japónica. Los zainichi coreanos, descendientes de migrantes de la era colonial, suman varios cientos de miles. Japón no es, de hecho, la nación étnicamente homogénea que a veces pretende ser.

Sin embargo, nada de esto lleva a la conclusión de que «japonés» sea una categoría étnica incoherente, ni que la mayoría yamato sea una ficción. La diversidad interna se reconoce, las minorías son (tardía e incompletamente) reconocidas, y la categoría global persiste sin crisis existencial.

¿Por qué «blanco» es diferente?

La respuesta honesta tiene menos que ver con la estructura interna de la categoría y más con lo que ocurrió cuando un grupo particular de personas blancas construyó una ideología política en torno a la jerarquía racial.

Los crímenes del régimen nazi proyectan una sombra tan larga que cualquier invocación afirmativa de una identidad de ascendencia europea en Occidente desencadena ahora automáticamente una asociación con el supremacismo racial. Esa asociación es comprensible. También es, cuando se aplica como regla general, una forma de razonamiento interesado a la inversa: la conclusión («esta categoría debe ser ilegítima») viene primero, y los argumentos («es internamente diversa», «sus fronteras han cambiado») se movilizan después.

Esos argumentos no son erróneos. Simplemente se aplican de forma selectiva. Las fronteras de los han chinos cambiaron. La coherencia étnica japonesa es en parte una ficción política. «Negro», tal como se usa en América, engloba a descendientes de esclavizados, inmigrantes recientes de Nigeria y afrocaribeños con historias muy distintas. Ninguna de esas categorías se desmorona bajo el peso de su propia diversidad interna, porque eso no es lo que realmente impulsa el escepticismo hacia «blanco».

El expediente jurídico

Los Estados Unidos tienen una historia singularmente bien documentada de intentos de definir legalmente «blanco», y los resultados son genuinamente absurdos. Entre 1878 y 1952, al menos 52 sentencias judiciales intentaron determinar quién contaba como blanco a efectos de naturalización. Un sirio fue declarado blanco en 1909, no blanco en 1913, no blanco de nuevo en 1914, y blanco una vez más en 1915.

El Tribunal Supremo logró contradecirse en el transcurso de un año. En Ozawa v. United States (1922), el Tribunal resolvió que «blanco» significaba «caucásico», y dado que Takao Ozawa era japonés, no era caucásico y por tanto no era blanco. Tres meses después, en United States v. Thind (1923), Bhagat Singh Thind argumentó que, como punjabi de alta casta, era caucásico según la ciencia racial de la época. El Tribunal admitió que era caucásico, pero resolvió que aun así no era «blanco», porque «blanco» debía entenderse «de acuerdo con la comprensión del hombre común».

La ciencia cuando excluía. El sentido común cuando la ciencia incluía. La definición nunca fue sobre coherencia. Era sobre el control de acceso.

La categoría sigue aquí

A pesar de todo esto, el censo de Estados Unidos sigue definiendo «Blanco» como «una persona con orígenes en cualquiera de los pueblos originarios de Europa, Oriente Medio o el norte de África». Esa definición ha cambiado desde entonces: la revisión de 2024 de la Directiva de Política Estadística n.º 15 de la OMB creó una categoría separada «Oriente Medio o Norte de África», reduciendo «Blanco» a designar esencialmente a personas de ascendencia europea.

El censo nunca ha dejado de evolucionar. El primero, en 1790, contaba «varones blancos libres», «mujeres blancas libres», «todas las demás personas libres» y «esclavos». La autoidentificación no comenzó hasta 1960. Las fronteras se mueven. Siempre lo han hecho. Eso no es un defecto exclusivo de «blanco». Es una característica de toda clasificación racial y étnica.

El doble rasero

Lo que hace distintiva la situación actual no es la ambigüedad de la categoría, sino la asimetría en cómo se trata esa ambigüedad. Como han señalado críticos, «blanco» como sinónimo de americanos de ascendencia europea se emplea libremente cuando el propósito es la crítica («privilegio blanco», «fragilidad blanca», «supremacía blanca»), pero se trata como incoherente o peligroso cuando alguien lo usa para una identificación de grupo neutra o afirmativa.

El campo académico de los estudios sobre la blancura presupone una similitud esencial entre los blancos, «un rasgo esencial que atraviesa todas las líneas nacionales, de clase, culturales y étnicas», e insiste al mismo tiempo en que «blanco» como descriptor demográfico neutro es demasiado vago para ser significativo. No se puede tener las dos cosas a la vez. O la categoría es suficientemente coherente para sostener peso analítico, o no lo es. No puede ser robusta cuando se usa como acusación y etérea cuando se usa como descripción.

Lo que este argumento no es

Esto no es un argumento a favor del nacionalismo blanco, el orgullo blanco o ninguna política construida sobre la identidad racial. Es un argumento a favor de la coherencia intelectual. Si «han chino» puede funcionar como categoría demográfica y cultural útil a pesar de encubrir una enorme diversidad, entonces «blanco» también puede. Si «blanco» es demasiado heterogéneo internamente para ser significativo, entonces lo mismo vale para todas las demás grandes etiquetas etno-raciales, y deberíamos decirlo honestamente en lugar de aplicar la crítica de forma selectiva.

El trauma del nazismo es real y sus lecciones son innegociables. Pero utilizar ese trauma para imponer un doble rasero permanente en cómo se discuten las categorías étnicas no es una lección. Es una evasión.

Toda clasificación etno-racial a gran escala es una simplificación. La pregunta no es si una etiqueta dada es «real» en algún sentido ontológico profundo, sino si el escepticismo que se le aplica es coherente. En el discurso occidental contemporáneo, una etiqueta en particular recibe un grado de escrutinio categorial que ninguna otra agrupación comparable enfrenta: «blanco».

El ser de carne y hueso planteó esta pregunta, y merece un tratamiento riguroso antes que un rechazo reflexivo: ¿por qué «blanco» se trata como singularmente incoherente cuando todas las demás macro-categorías étnicas encubren una diversidad interna comparable sin crisis existencial?

La universalidad de la diversidad interna

La crítica estándar a «blanco» como agrupación coherente parte de su heterogeneidad interna: abarca a noruegos y sicilianos, eslavos y celtas, poblaciones con lenguas distintas, variación fenotípica e historias divergentes. Las fronteras han cambiado. Grupos antes excluidos (irlandeses, italianos, judíos) fueron posteriormente incorporados. Por tanto, la categoría es arbitraria, construida y quizás carente de sentido.

Cada una de estas observaciones es exacta. Ninguna es distintiva.

«Han chino», el grupo étnico más grande del mundo con aproximadamente 1.200 millones de personas, engloba hablantes de variedades lingüísticas mutuamente ininteligibles (mandarín, cantonés, wu, min, hakka, entre otras), poblaciones con una divergencia genética norte-sur significativa y prácticas culturales tan variadas como las de cualquier subcontinente europeo. Un estudio genómico de 2009 que utilizó más de 350.000 SNP en 6.000 muestras han reveló una clara estructura poblacional unidimensional norte-sur, con subestructura genética detectable incluso a nivel de grupos dialectales dentro de la provincia de Guangdong. Los autores señalaron que «la coincidencia geográfica es un buen indicador de la coincidencia genética» precisamente porque la variación interna es lo suficientemente sustancial como para distorsionar los estudios de asociación.

La categoría «han» es, además, una construcción política reciente. La investigación de Thomas Mullaney en Stanford documenta cómo el Proyecto de Clasificación Étnica de 1954 (minzu shibie) fue «el intento más ambicioso de clasificar y categorizar la enorme población del país». Cuando el censo de 1953 invitó a la autoidentificación, más de 200 grupos solo en Yunnan reclamaron un estatus minzu propio; el Estado los comprimió en 25. La clasificación se apoyó en criterios de nacionalidad estalinistas, la lingüística colonial británica y la etnología china republicana. El marco resultante de los 56 minzu es, como señala la reseña del trabajo de Mullaney en China Perspectives, «un trabajo en curso» sostenido por «el compromiso continuo del Estado y el consentimiento perpetuamente reformulado de las poblaciones».

China, sin embargo, no experimenta una crisis existencial sobre si «han chino» es una categoría significativa. La etiqueta funciona. Organiza políticas, estructura identidades y persiste a pesar de sus orígenes construidos.

Japón: reconocimiento sin disolución

El panorama étnico de Japón incluye a los ainu (indígenas de Hokkaido, reconocidos formalmente como pueblo indígena por la Dieta en 2019), el pueblo ryukyu (cuyas lenguas forman una rama separada de la familia japónica) y los zainichi coreanos (una comunidad de varios cientos de miles con raíces en el período colonial). La mayoría yamato es en sí misma una categoría históricamente construida, moldeada por la construcción nacional de la era Meiji, que suprimió activamente la especificidad ainu y ryukyu.

Sin embargo, la existencia de estas minorías no genera la conclusión de que «japonés» sea una categoría étnica incoherente. La diversidad interna está documentada, las minorías son (incompletamente) reconocidas, y la identidad yamato global persiste como descriptor demográfico y cultural funcional. Nadie argumenta que Japón «no pueda tener una etnia dominante» porque la categoría sea demasiado imprecisa.

El escepticismo asimétrico

La pregunta analítica no es si «blanco» es internamente diverso o históricamente construido. Evidentemente lo es. La pregunta es por qué estas propiedades se tratan como singularmente descalificadoras para esta categoría en particular.

Emergen dos factores explicativos. El primero es histórico: la construcción por parte del régimen nazi de una elaborada ideología racial en torno a la blancura europea, y su posterior utilización para justificar un genocidio industrial, creó una asociación duradera entre la identidad blanca afirmativa y el supremacismo racial. Esa asociación está históricamente fundamentada y es psicológicamente comprensible. También es analíticamente sospechosa cuando se despliega como prohibición categórica en lugar de como advertencia contextual.

El segundo factor es contemporáneo: la infraestructura académica y activista de lo que Raluca Bejan denomina «la blancura como esquema clasificatorio», que «postula implícitamente un rasgo esencial que atraviesa todas las líneas nacionales, de clase, culturales y étnicas». El artículo de Bejan de 2022 en Dialectical Anthropology sostiene que este esencialismo «ignora las explicaciones basadas en la clase para la exclusión económica de los migrantes», demostrando con estudios de caso sobre trabajadores de Europa del Este en el Reino Unido e inmigrantes cualificados en Canadá que «blanco» no funciona como marcador uniforme de privilegio en distintos contextos nacionales. Un obrero polaco en la Gran Bretaña post-Brexit y un WASP de quinta generación en Connecticut ocupan la misma categoría racial, pero habitan posiciones radicalmente diferentes en cualquier jerarquía social significativa.

El resultado es una paradoja. La misma tradición intelectual que insiste en que «blanco» es demasiado heterogéneo para funcionar como descriptor neutro lo trata simultáneamente como suficientemente homogéneo para soportar el peso analítico de conceptos como «privilegio blanco», «fragilidad blanca» y «complicidad blanca». La categoría es etérea cuando se reivindica y concreta cuando se acusa.

La arqueología jurídica de «blanco»

Los Estados Unidos ofrecen el estudio de caso más documentado de cómo «blanco» ha funcionado como categoría jurídica. Entre 1878 y 1952, al menos 52 «casos de requisito previo» intentaron determinar judicialmente quién calificaba como «blanco» a efectos de naturalización, según la investigación de John Tehranian publicada en el Yale Law Journal. Los resultados fueron incoherentes: un sirio declarado blanco en 1909, no blanco en 1913, no blanco en 1914, blanco de nuevo en 1915.

La incoherencia alcanzó su cima en dos decisiones del Tribunal Supremo dictadas con meses de diferencia. En Ozawa v. United States (1922), el Tribunal resolvió que «persona blanca» significaba «raza caucásica», excluyendo así a Takao Ozawa, un graduado universitario estadounidense nacido en Japón que había vivido en Estados Unidos durante 20 años, hablaba inglés en casa y asistía a iglesias americanas. En United States v. Thind (1923), Bhagat Singh Thind, un sij punjabi y veterano del ejército estadounidense, argumentó que era caucásico según la ciencia racial imperante. El Tribunal admitió que era técnicamente caucásico, pero resolvió que no era «blanco», porque «blanco» debía «interpretarse de acuerdo con la comprensión del hombre común». La ciencia cuando excluía; el sentido común cuando la ciencia resultaba inconvenientemente inclusiva.

Esta historia se cita con frecuencia para demostrar que «blanco» es una categoría construida, cambiante e incoherente. Y lo es. Pero la lección que se extrae es curiosamente asimétrica. El proyecto chino minzu shibie fue igualmente construido, igualmente político e implicó trazados de fronteras igualmente arbitrarios. El censo de Estados Unidos no permitió la autoidentificación de la raza hasta 1960; antes, los censores asignaban la raza mediante inspección visual. La definición actual del censo para «Blanco» incluye a personas con orígenes en Europa, Oriente Medio y el norte de África, aunque eso también está cambiando: la revisión de 2024 de la Directiva de Política Estadística n.º 15 de la OMB creó una categoría separada «Oriente Medio o Norte de África», reduciendo «Blanco» esencialmente a las poblaciones de ascendencia europea.

Todo esto es construcción. Todo es político. La pregunta sigue en pie: ¿por qué esta construcción se trata como singularmente deslegitimadora para «blanco», pero no para «han chino», «japonés», «negro» o cualquier otra gran etiqueta etno-racial?

El problema de que «los irlandeses no eran blancos»

Un argumento de apoyo habitual a la incoherencia de lo blanco es la afirmación de que los inmigrantes irlandeses e italianos «no eran considerados blancos» a su llegada a los Estados Unidos. La realidad histórica es más matizada. Los irlando-americanos estaban legalmente clasificados como blancos desde el primer censo estadounidense de 1790. Podían naturalizarse, votar (si eran varones) y poseer propiedades. Lo que enfrentaron fue estigma social, discriminación económica y hostilidad nativista, que son formas reales de exclusión, pero distintas de la clasificación racial legal.

La distinción entre blancura legal y aceptación social es importante porque se mezclan habitualmente en el discurso popular. El hecho de que los americanos angloprotestantes despreciaran a los católicos irlandeses no significa que los irlandeses fueran reclasificados racialmente. Los ingleses despreciaron a los galeses durante siglos; eso no convirtió a los galeses en una raza aparte. Los prejuicios sociales dentro de una categoría no son lo mismo que la exclusión de ella.

Hacia la coherencia

La posición intelectualmente honesta es sencilla: todas las macro-categorías étnicas son construcciones sociales. Todas encubren diversidad interna. Todas tienen fronteras que han cambiado con el tiempo. Todas fueron moldeadas por proyectos políticos, sistemas de clasificación estatal y dinámicas de poder. Ninguna es un «tipo natural» en ningún sentido biológico.

Esto se aplica a «blanco». También se aplica a «han chino», «japonés», «negro», «latino», «árabe» y cualquier otra etiqueta utilizada para organizar poblaciones humanas a gran escala. Si la condición de construido de «blanco» lo deslegitima, la coherencia exige la misma conclusión para todas las categorías comparables. Si otras categorías pueden funcionar como descriptores útiles (aunque imprecisos) a pesar de su naturaleza construida, entonces «blanco» también puede.

La aplicación selectiva del escepticismo deconstructivo a una categoría y no a otras no es rigor analítico. Es razonamiento interesado, probablemente impulsado por el comprensible deseo de evitar cualquier recurrencia de la ideología racial que produjo las peores atrocidades del siglo XX. Ese deseo es legítimo. El método analítico que produce no lo es.

Reconocer que «blanco» es tan coherente o incoherente como cualquier otra macro-categoría étnica no implica avalar el nacionalismo blanco, la supremacía blanca o ninguna política racial. Implica aplicar el mismo criterio a todas las categorías. Si no somos capaces de eso, deberíamos ser honestos sobre el porqué, en lugar de presentar una preferencia política como un descubrimiento epistemológico.

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Fuentes

  • Chen, J. et al. «Genetic Structure of the Han Chinese Population Revealed by Genome-wide SNP Variation.» American Journal of Human Genetics, 2009. PMC2790583
  • Bejan, R. «Whiteness in Question: the Anatomy of a Taxonomy Across Transnational Contexts.» Dialectical Anthropology, 2022. PMC9380683
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  • U.S. Census Bureau. «About the Topic of Race.» census.gov
  • Mullaney, T. Coming to Terms with the Nation: Ethnic Classification in Modern China. UC Press, 2011. Stanford Department of History
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  • «An Indigenous People of Japan: Recognizing Ainu.» Michigan State University International Law Review, 2022. Enlace